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EL PROBLEMA DE LA OBJETIVIDAD EN LA INVESTIGACIÓN SOCIAL

EL PROBLEMA DE LA OBJETIVIDAD EN LA INVESTIGACIÓN SOCIAL
Educere Año 6, N 18.

El problema del conocimiento del mundo en todas sus dimensiones y contenidos ha sido preocupación constante del hombre a través de toda su historia. En forma permanente ha pretendido dar explicaciones a una serie de interrogantes que le han surgido en su contacto directo o indirecto con las cosas, hechos y fenómenos que la naturaleza le presenta. Se ha preguntado por el ser, por su existencia e indiscutiblemente ha obtenido conocimiento, ha logrado un acervo cultural, pero ¿cómo conocemos lo que conocemos? Miélich (1989) expresa que existen como mínimo cuatro modos de aprehensión de la realidad objetual. Estos modos de conocimiento del ser de las “cosas”, de los “fenómenos” son: la religión, el arte, la ciencia y la filosofía. De éstos, la ciencia es la que ha tenido primacía y desde sus orígenes en los siglos XV y XVI hasta la Revolución Industrial, su tarea fundamental era explicar, ampliar la visión del mundo y de la naturaleza. La ciencia se introduce en todas las esferas de la vida y por eso se desarrolla rápidamente adquiriendo gran importancia. La idea de ciencia que ha imperado es que ésta es un conjunto de tareas especializadas orientadas sistemáticamente hacia un fin que es el conocimiento del mundo real (enmarcado por las coordenadas tiempo, espacio y masa) con el propósito de explicar objetivamente los fenómenos que en el se presentan, para luego formular leyes, es decir, llegar a lo universal. Esta concepción de la ciencia se despliega en el uso predominante de lo que se ha dado en llamar las metodologías cuantitativas que constituyen la modalidad cuantitativa de investigación. En el campo de las Ciencias Sociales, esta modalidad se caracteriza por su profundo apego a la tradicionalidad de la ciencia y utilización de la neutralidad valorativa como criterio de objetividad, por lo que el conocimiento está fundamentado en los hechos, prestando poca atención a la subjetividad de los individuos. Asume que la realidad es estable y la aborda con un método (el hipotético-deductivo) confiable y comprobable. Las técnicas de la ciencia clásica han dado buenos resultados, pero tal y como lo señala Martínez (1997) y otros, esto sólo ocurre cuando no hay una interacción entre las partes, cuando se trata de entes estáticos más que dinámicos. Pero a medida que se asciende en la escala biológica, psicológica y social, su utilidad decrece y su inadecuación se pone de manifiesto. Lo cierto es que aun no se han podido solucionar una serie de problemas tales como la destrucción del ambiente, la amenaza nuclear y las difíciles situaciones económicas y sociales en las que vive una buena parte de la población mundial. Todo ello hace que el orden y las formas de organización tiendan a restructurarse, creándose nuevas formas de vivir y de producir, y por consiguiente, de pensar y conocer acordes con la naturaleza estructural sistémica de las realidades humanas que den soluciones a los problemas planteados. A lo largo de las últimas décadas han ido ganando terreno las metodologías de investigación cualitativas, las cuales pretenden construir conocimientos científicos de la realidad que estudian, pero con base en otra concepción de ciencia. Esta se considera una empresa interpretativa, de modo que los problemas de significado, comunicación y traducción adquieren una relevancia inmediata para las teorías científicas. Se trata de comprender la realidad como un todo unificado. Se asume que no es separable la ciencia, el científico y los resultados científicos. Ahora bien, en torno a las metodologías cualitativas se ha generado una discusión que busca desvalorizar el carácter científico del conocimiento obtenido a través de ellas, y en esa discusión, el concepto de objetividad es considerado clave. La idea central de la filosofía positivista, en la cual se fundamenta la investigación cuantitativa, sostiene que existe una realidad totalmente hecha, plenamente externa y objetiva y que nuestro aparato cognoscitivo es como un espejo que la refleja dentro de sí. De esta forma, su objetivo es copiar esa realidad sin deformarla y la verdad consistiría en la fidelidad de nuestra imagen interior a la realidad que representa. Tal planteamiento ha sido criticado por autores como Polanyi, Feyerabend y Lakatos entre otros. Específicamente han señalado la dependencia que tiene la ciencia respecto de los supuestos teóricos, del marco de referencia conceptual, de la selectividad y dinámica inconsciente y aun de las bases perceptivas (Martínez, 1997). Igual posición han asumido Miélich (1989), Popper (1994) y Hessen (1995), pues entienden que el científico no es un espectador pasivo sino un intérprete que comprende la naturaleza y la sociedad. Así mismo sostienen que la esencia de “verdad” no radica en la relación del contenido del pensamiento con algo que se haya frente a él sino con algo que reside en el pensamiento mismo, pues el hombre jamás vive en una “pureza “epistemológica. Popper (1993) advierte que sólo puede hablarse de objetividad de los enunciados científicos en el sentido de una contrastación “intersubjetiva”. Pero esto también es discutible porque el hecho de que un grupo de personas coincidan en la calificación de un evento porque tienen, por ejemplo, los mismos valores o parten de los mismos supuestos teóricos, no es garantía de que estén en lo cierto. No hay que olvidar que aun cuando los individuos coincidan en aspectos como los mencionados anteriormente, la percepción como conocimiento de las cosas existentes es una conciencia individual y no la conciencia en general. Probablemente sea por estas limitaciones que autores como Kirk y Miller (1986), citados por Rusque (1999), consideran que la objetividad que debe intentar conseguir tanto la perspectiva cualitativa como la cuantitativa tiene una doble característica: “por una parte es producto de la confrontación de los conocimientos o ideas con el mundo empírico, y por otra, del consenso social (intersubjetividad) de un grupo de investigadores que deben aceptar esta construcción” (p.133). Por lo tanto un proceso de investigación es, para estos autores, una tentativa de objetivación del mundo sometida a un cierto control empírico y social. En relación con esta temática, Van der Marren, citado por Córdova (s/f), asume una posición más contundente al respecto. A su modo de ver, “no se trata de ser objetivo por refinación de medidas y por acuerdos intersubjetivos, se trata sobre todo de ser objetivos por el reconocimiento de la subjetividad y por la objetivación de los efectos de esta subjetividad” (p. 22). De Souza (1997) respalda tal planteamiento. Básicamente considera que dada la especificidad de las Ciencias Sociales, la objetividad no es realizable, pero si es posible la objetivación que incluye “el rigor en el uso del instrumental teórico y técnico adecuado, en un proceso interminable y necesario de apuntar la realidad” (p. 31). Así mismo afirma que cualquier producción científica en el área de las Ciencias Sociales es una creación, una realización de un real posible al sujeto y lleva la marca de su autor (en otros términos, admite la polaridad complementaria entre sujeto y objeto). Por lo tanto la objetivación o proceso de construcción que reconoce la complejidad y especificidad del objeto de las Ciencias Sociales es, a su juicio, el criterio más importante de la cientificidad. En síntesis, estos autores en sus planteamientos instan a estudiar la realidad social con visión integral, a tomar en consideración la cuestión de la subjetividad – por ser un componente dimensional de lo humano, de la acción del hombre, de los significados que le da a su actividad- y a ser rigurosos desde el punto de vista metodológico.  Como se puede apreciar, la polémica que se ha suscitado en torno a la objetividad como distinción metodológica, es realmente interesante y recorre ámbitos que tienen que ver con la orientación filosófica de las metodologías de investigación. Particularmente considero que esta polémica no puede ser asumida como una opción personal del investigador al abordar la realidad, pues el problema fundamental es el propio carácter específico del objeto del conocimiento que no es otro que el ser humano y la sociedad. La posición de Van der Marren y de De Souza (1997) la considero acertada porque, efectivamente, el ser humano es algo más que simple forma, tamaño y movimientos. Posee una carga anímica, afectiva cognitiva y ello incide en su manera de interpretar la realidad. Por ello en la investigación social se debe considerar esta subjetividad y más que perseguir la objetividad lo que se debe buscar es la objetivación, o como lo expresa De Souza (1997), hay que abocarse a la búsqueda de minimizar las incursiones del subjetivismo por el compromiso interno de discusión teórica-metodológica y por el compromiso social de someter el abordaje a los criterios de la práctica

 

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Falsos mitos y viejos héroes

Falsos mitos y viejos héroes

Las historiadoras Hilda Sabato y Mirta Lobato analizan los programas de divulgación que realizaron Mario Pergolini y Felipe Pigna en Canal 13. Aquí concluyen: “Un producto reaccionario que desalienta la reflexión”.

Vivimos rodeados de mentiras”: dice Mario Pergolini a poco de iniciarse el primer capítulo del programa especial Algo habrán hecho por la historia argentina, que fue emitido por Canal 13. Junto a Pergolini, Felipe Pigna asumió el papel de quien habría de revelar las verdades que, según se desprende del diálogo, nos han sido hasta ahora ocultadas o escatimadas a los argentinos. A lo largo de cuatro emisiones, Pergolini y Pigna dialogaron sobre el pasado, comenzando por las invasiones inglesas de 1806 y 1807, para terminar (aunque prometen una nueva serie) a mediados del siglo XIX, con la caída de Rosas y la muerte de San Martín en Francia.
¿Qué historia nos cuenta este programa y cómo la cuenta? De la mano del maestro —Pigna— y el alumno —Pergolini— Algo habrán hecho… hace un recorrido cronológico y estructura un relato en torno de algunos ejes:
* La historia tal como se ha contado hasta ahora es una tergiversación de la verdad, que este programa se propone develar.
* Nada ha cambiado en nuestra historia por lo que nuestro presente puede leerse directamente a partir del pasado y viceversa. “La Argentina es siempre la Argentina” dice, hacia el final, el alumno después de aprender lo que le ha enseñado su maestro. Por lo tanto, todo lo ocurrido se interpreta en clave del presente.
* Esa historia es la de la lucha entre los buenos y los malos. Los protagonistas son los grandes nombres: los buenos son los héroes o patriotas, que son virtuosos sin matices ni atenuantes a lo largo de todas sus vidas (con San Martín a la cabeza) y los malos son “los de siempre” y se distinguen por ser enteramente corruptos y traidores. El pasado se reduce a una sucesión de hechos (no muy diferente de las efemérides escolares) que se identifican con las acciones de esos hombres importantes que definen el destino argentino. Hoy como ayer, el mal siempre triunfa sobre el bien, pero los buenos insisten y la historia vuelve a empezar.
* También hay un “pueblo”, que aparece mencionado aquí y allá, siempre de manera genérica (el pueblo es uno y homogéneo) y del lado de los buenos.
* La Argentina existe desde siempre: se habla de la nación, del estado nacional y de los argentinos como entidades eternas.
Con estos ejes no muy novedosos, el programa propone un formato innovador. Maestro y alumno van hacia el pasado, y mientras dialogan, hablan con los personajes y se identifican con sus temores y ansiedades. Las escenas combinan cuadros del presente (Pigna y Pergolini en Londres, París, Rosario, la campaña de Buenos Aires) con otras que ficcionalizan algunos hechos narrados (batallas, asambleas, fusilamientos) siempre con los grandes personajes en primer plano y con la ocasional intrusión de Pigna y Pergolini como observadores participantes. Hay un importante despliegue de mapas, croquis y dibujos; en cambio, es muy escaso el uso de material documental a pesar de su existencia y disponibilidad.
Así, esta propuesta tiene limitaciones importantes. El guión prescinde de algunos de los elementos clave de un relato cinematográfico, tales como la consistencia y el crescendo narrativo. Aquí, las cartas están echadas desde el primer cuadro; todo el resto es una mera confirmación de lo que sabemos de antemano.
Los interrogantes son sólo retóricos, pues la respuesta ya se conoce. Por caso: frente a las sucesivas campañas militares encabezadas por Manuel Belgrano, Pergolini es categórico: “A esta altura ya no tenemos dudas: en Buenos Aires a Belgrano lo odiaban” —sin preguntarse quién, por qué, ni cómo un hombre como él encaraba y aceptaba sin más esos destinos—, a lo que Pigna responde: “No te quepa duda”. Dudas es lo que no hay en este relato; esa ausencia achata el diálogo y simplifica la historia.
El acartonamiento de la conversación en que el maestro recita largos párrafos a un alumno que repite, acota, y “aprende” las lecciones de la historia se acompaña con su opuesto: los guiños constantes, cómplices y prejuiciosos entre los dos amigos, que a su vez extienden a los televidentes. Por ejemplo, cuando aparece la caricaturesca figura de un militar brasileño amenazando con la guerra (allá por 1826), Pergolini espeta “¿Qué dice el brasuca?”
Las puestas en escena de eventos específicos abundan en detalles inverosímiles, como los cuadros de batalla con soldados impecablemente vestidos, el parlamento de Castelli ante el fusilamiento de Liniers, el capitán del barco envenenando a Moreno (presentado como verdad indiscutible, cuyas pruebas —claro— no existen), o la grotesca dramatización del cabildo abierto del 22 de mayo. El material de archivo, el despliegue gráfico y las escenas ficcionalizadas no cumplen otro papel que ilustrar las palabras. Son como estampitas destinadas a meter por los ojos lo que ya se está diciendo en el diálogo. Si estos son los problemas de un formato que prometía otra cosa, los que presenta a la interpretación histórica son aún más serios.
Uno. El programa reitera y refuerza las visiones más patrioteras de la historia argentina. Retoma las figuras de los héroes más rancios del panteón nacional y las versiones más esencialistas de la nacionalidad argentina. Como en las tradicionales historietas de Billiken, se comienza con las invasiones inglesas, que sirven para denostar a los ingleses (de allí en más serán villanos de la película), para mostrar desde la primera escena al primero de los corruptos (Sobremonte, en una escena desopilante por lo inverosímil) y para hablar ya de los buenos por venir, sobre todo Belgrano. Esta figura aparece en el primer plano de la historia de la revolución, cuyo tratamiento es réplica de los relatos escolares, con los “patriotas” a la cabeza. Todas las incertidumbres y turbulencias de la época revolucionaria quedan subsumidas en un cuentito ejemplar.
En un segundo momento, cuando “la Argentina parecía un sueño a punto de morir… un hombre avanzaba en silencio…” para enfrentar “al imperio, a la traición y a su propio destino de héroe”: San Martín. El tratamiento de su figura recorre varios programas, pero desde la primera escena resulta indiscutible: estamos frente al virtuoso total. No hay, sin embargo, explicación o interrogante alguno acerca del porqué de su virtud y sus benéficas acciones (los héroes no se explican: SON). Sólo sabemos que él luchaba y luchaba, mientras sus enemigos acérrimos buscaban su destrucción. Aquí, un nuevo villano ocupa la escena: “Buenos Aires”, antes cuna de la revolución pero de pronto nido de todos los males y los malos.
La contrafigura más importante de San Martín es Bernardino Rivadavia. Sus iniciativas de cambio son ridiculizadas como “cabalgata modernizadora que no se detiene ante nada” y mientras en pantalla se enumeran sin comentarios sus obras (la creación de la UBA, el Museo Histórico Nacional, la Caja de Ahorro, entre muchas otras) por otro lado se lo sindica como corrupto y coimero, pero —de nuevo— no hay intentos por explicar ni al personaje ni a su época. Lo que sigue es más de lo mismo: Lavalle es malo/tonto, Dorrego es buenísimo, Rosas es astuto y cruel, pero está con la soberanía nacional, y hasta se vuelve sobre la ya remanida (y demolida) imagen de “la anarquía” de los años 20. Una historia maniquea, sin matices y que poco innova sobre esa historia “oficial” que pretende cuestionar.
Dos. El programa remite a una forma muy tradicional de escribir la historia. Algo habrán hecho… se acerca al pasado ignorando toda la historiografía de los últimos cincuenta años. No hay ningún intento por analizar procesos ni estructuras. Los hechos se suceden por obra y gracia de héroes y antihéroes. En segundo lugar, no se atiende a ninguna de las dimensiones del pasado que hoy constituyen la materia principal de los historiadores en todo el mundo: lo social, la economía, la vida política, el mundo de las representaciones y la cultura. Si de vez en cuando se introduce alguna mención que supone una referencia a un actor social o político (“la oligarquía”, “el pueblo”, “los caudillos”, “los estancieros”), no se hace ningún esfuerzo por ubicarlos en el tiempo, describir sus características o analizar sus transformaciones. Y no es que la historiografía argentina carezca de estudios sobre esos temas: los hay, de diversas orientaciones, y podrían haber servido para introducir una visión menos estereotipada de nuestro pasado.
En tercer lugar, en esta visión la historia es cosa de hombres. No sólo las mujeres no aparecen como protagonistas, sino que las referencias a ellas son a la vez prejuiciosas (“¡Qué bagarto!” dice Pergolini frente a la imagen de una mujer que no conoce; “No, pará —lo instruye Pigna— que ésa es Encarnación Ezcurra, la mujer de Rosas”) y equivocadas. Así, de las tertulias se dice que servían “para que las familias engancharan a sus hijas con algún doctor o militar soltero”, mientras que los varones participaban —como verdaderos hombres— de las tertulias revolucionarias. Se ignora todo lo escrito sobre esas formas de sociabilidad donde la mujer cumplía importantes roles.
Tres. Para acomodar la realidad a su versión del pasado, el programa incluye omisiones, errores, anacronismos y tergiversaciones sobre hechos que son conocidos y han sido largamente analizados. Apenas algunos ejemplos: el rol revolucionario de Saavedra y de las milicias que él comandaba queda totalmente desdibujado, pues entraría en contradicción con su imagen de antihéroe (frente a Moreno); se tergiversa el lugar de Gran Bretaña en las guerras de independencia (sólo se habla de presiones que habría ejercido ese país contra la “voluntad independentista” y no de las conocidas actuaciones en sentido inverso); se reducen los conflictos entre unitarios y federales a la disputa por las rentas de aduana; se distorsiona la historia del sufragio, pues al presentar ese tema para la coyuntura de 1820/21 y el ministerio de Rivadavia —”el malo”— se omite toda referencia concreta a la ley de 1821 que estableció el voto activo para todos los varones adultos libres; en cambio se pasan dos imágenes: la primera refiere a un discurso pronunciado por Dorrego —”el bueno”— cinco años más tarde y la segunda teatraliza una escena de comicios inverosímil según los estudios actuales sobre elecciones.
Cuatro. El programa aplana el pasado, lo simplifica y lo equipara al presente, sin preguntarse por las diferencias y cambios que atravesó la sociedad argentina en dos siglos. Para subrayar las continuidades y mostrar que todo es lo mismo, utiliza un recurso de manera reiterada: en el relato del siglo XIX inserta imágenes del pasado reciente para forzar así la identificación entre aquella historia y los traumáticos sucesos de los últimos treinta años. Cuando el cadáver de Moreno es arrojado al agua (como se hizo durante siglos con todos los muertos en alta mar), Pergolini y Pigna reflexionan en la costanera del Río de la Plata y una voz en off acota: “Era el comienzo de una oscura tradición argentina”, refiriéndose a la práctica criminal de la última dictadura militar, de arrojar a ese río los cuerpos de detenidos-desaparecidos. Cuando se menciona el 24 de marzo como fecha de inicio del Congreso de Tucumán, se da este intercambio:
Pergolini: —¡Un 24 de marzo!
Pigna: —Pero por aquel entonces esa fecha no tenía la connotación tan nefasta que tiene hoy en día.
Esta modalidad se exacerba en la referencia a la ley de amnistía de Rivadavia (“ley del olvido”) pues, con ignorancia absoluta de cómo funcionaba entonces la vida política y las instituciones, se la equipara a las leyes de Punto Final y Obediencia Debida de 1987 y al indulto a los militares de la última dictadura, y se incluye, de manera anacrónica, una larga escena con imágenes de las protestas frente a esas medidas encabezadas por los organismos de derechos humanos. Algo equivalente ocurre con el levantamiento de Lavalle (un levantamiento entre muchos otros) al que se sindica como “el primer golpe de estado de la historia argentina”. Estas operaciones no son inocuas. No sólo obstaculizan cualquier intento de pensar el pasado en sus propios términos sino que mitigan los problemas del presente. En efecto, si todo siempre fue igual, si la Argentina desde sus orígenes más remotos tuvo golpes de estado, desaparecidos, militares asesinos e indultos, entonces los crímenes recientes sólo son un eslabón más de una larga cadena y sus responsables pueden lavar sus culpas en el altar de una historia siempre igual a sí misma. Más que derribar mitos y develar verdades, como pretende el programa en sintonía con la apuesta más general de divulgación histórica liderada por Pigna, Algo habrán hecho… funciona retomando y consolidando viejos mitos de la historia argentina. Y si aquel “vivimos rodeados de mentiras” se presenta como una promesa inicial de crítica profunda, al uniformar el punto de partida y de observación, termina por ofrecer un producto reaccionario, que impide la interrogación, deslegitima el debate y desalienta la reflexión, tanto sobre el pasado como sobre nuestro más cercano e igualmente complejo presente.

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Mario Bunge: KUHN, TRES PENSADORES EN UNO

Mario Bunge: KUHN, TRES PENSADORES EN UNO

Todos los universitarios han oído hablar de Thomas S. Kuhn (1922-1996). Parecería que no se puede pasar por culto sin citarlo. De hecho, Kuhn es el más citado, aunque no necesariamente el más leído, de todos los autores no literarios. Hasta la fecha su libro más conocido ha vendido más de un millón de ejemplares en veinte lenguas. Sin embargo, pocos saben que Kuhn no fue uno sino trino, como diría un teólogo cristiano. Y lo peor es que el más influyente de los tres no es el que el propio Thomas hubiera querido ser, o sea, un historiador de la ciencia venerado por sus pares como lo fue, por ejemplo, George Sarton en su tiempo. En efecto, el Kuhn popular es el de los paradigmas y desplazamientos, o revoluciones científicas. Estas eran las ideas centrales (aunque oscuras) de su libro La estructura de las revoluciones científicas, que en 1962 le ganó fama de la noche al día.
Un año después lo vi ocupar el centro de la primera reunión de historiadores de la ciencia, en Filadelfia. En 1965, en Londres, volvió a atraer la atención en el simposio dedicado a Popper, y ello por dos motivos. Uno de éstos fue que Margaret Masterman, una filósofa desconocida, expuso una ponencia clara y combativa en la que mostraba que Kuhn había metido por lo menos dos docenas de conceptos distintos en la bolsa “paradigma”. Entre ellos figuraban los de cosmovisión, modelo a imitar y programa de investigación. Kuhn aprendió esta lección. Unos años después, cuando vino a hablar a mi universidad sobre los orígenes de la teoría cuántica, un asistente le preguntó algo sobre los paradigmas, y él lo paró en seco: “Estoy harto de eso. Ahora estoy en otra cosa”.

Controversia con Karl Popper

Al terminar su conferencia le pregunté cuál sería su próximo proyecto y me contestó que pensaba estudiar la tesis de Mary Hesse, de que las teorías científicas son modelos visualizables, como el modelo atómico de Rutherford-Bohr. Tom no tenía idea de que las teorías son sistemas de hipótesis, ni de que la teoría cuántica moderna no alienta los modelos visuales, porque se ocupa de cosas que carecen de forma propia. El otro motivo por el cual Kuhn descolló en aquel memorable simposio de 1965 fue la resonante controversia que sostuvo con Karl Popper. El contraste entre ambos era físico, psicológico y filosófico. Kuhn era un gigantón, hablaba fuerte y fumaba un enorme habano. En cambio, Popper era menudo, hablaba bajito y odiaba el tabaco. La incompatibilidad filosófica entre ambos no era menos obvia, pese a que Karl intentó minimizarla. Mientras Popper era racionalista, Kuhn sostenía la tesis irracionalista de que los cambios de teoría son tan irracionales como las conversiones religiosas. Sin embargo, paradójicamente, ambos concordaban en que no hace falta justificar la adopción de una teoría; en particular, los datos favorables no serían importantes. Pero volvamos a mi tesis. Mi tesis es que hubo tres Thomas S. Kuhn en una misma persona: el historiador, el filósofo y el sociólogo de la ciencia. El primero fue ignorado o fuertemente criticado por sus colegas y no formó escuela. El segundo logró la popularidad que sabemos. Y el tercero, aunque igualmente popular, sólo existió en la imaginación de ciertos sociólogos de la ciencia: que lo consideran, junto con su amigo Paul K. Feyerabend, como el cofundador o al menos padrino de la nueva escuela en ese campo. Esta escuela niega la existencia de verdades objetivas y afirma que las ideas, e incluso los hechos, son construcciones o convenciones de grupos o comunidades de investigadores. Se llaman a sí mismos constructivistas (por oposición a realistas) y relativistas (por negar la existencia de verdades universales, independientes de las circunstancias sociales). Lo curioso es que, aunque Kuhn sostuviera que la sociedad cambia de teorías científicas como de modas sartoriales, sus trabajos históricos son tan internalistas como los tradicionales. O sea, no practicó como profesional lo que predicó en su libro más popular. No menos curioso es que este libro fuera publicado originariamente como el último fascículo de la Encyclopedia of Unified Science, de orientación positivista. Esto es curioso porque Kuhn era netamente antipositivista. En efecto, no concedía mayor valor a los datos empíricos y creía más en la analogía que en la inducción (generalización a partir de datos empíricos). Pero volvamos al constructivismo-relativismo.

Contradicciones reveladoras

Hace unos años, un periodista de Scientific American entrevistó a Kuhn y le preguntó si creía que, cada vez que cambia la cosmovisión dominante, también cambia el propio mundo. “¡Por supuesto!”, contestó Tom con su vozarrón. Segunda pregunta: “¿Cree que el mundo que lo rodea existe independientemente de usted?” Respuesta: “¡Por supuesto!”. Esta contradicción muestra a las claras la ingenuidad filosófica de Tom. Hacia el final de su vida, particularmente en una conferencia que pronunció en Harvard en 1991, Kuhn se distanció explícitamente de los constructivistas, que niegan la existencia autónoma del mundo. Aunque siguió admitiendo (como toda persona razonable) que la política desempeña un rol en la vida científica, negó que éste fuese el principal. Desgraciadamente, Tom no dijo cuáles son las motivaciones de los investigadores básicos. El gran Robert K. Merton lo dijo y con razón: son la curiosidad y el deseo de ganar prestigio. Quienes buscan poder se dedican a los negocios o a la política.
Consejo a los admiradores del triple Kuhn: decídanse a cuál de ellos venerar, porque no sólo son diferentes, sino que no armonizan entre sí. A menos, claro está, que estén dispuestos a reconocer que tampoco esta trinidad es inteligible.

 

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