Archivo mensual: marzo 2012

Malvinas. Para pensar la soberanía

La soberanía argentina en las Islas Malvinas y el Atlántico Sur es un reclamo de larga data en la historia argentina. Reflexionar al respecto permite abrir preguntas sobre el lugar del tema Malvinas en el imagina­rio nacional y sobre la nueva realidad regional sudamericana.

 

Hablar de Malvinas invita a detenerse en la idea de soberanía, en la posibilidad de pensar de forma autónoma y actuar en concordancia, es decir: en el signi­ficado de ser libres. Cuando se trata de las naciones, la soberanía se relaciona tanto con la defensa del territorio y sus riquezas naturales, económicas, cultura­les y sociales, como con la capacidad de sus pobladores de asumir decisiones propias. Así, el ejercicio de la soberanía es un derecho de los pueblos libres a habitar y gobernar el territorio de su nación.

 

El reclamo del ejercicio de la soberanía en las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, se sustenta en diversas razones que apuntan a señalar que la ocupación britá­nica es una usurpación, producto de una política imperialista que hace posible que aún hoy, tras dos siglos de independencia de las naciones sudamericanas, subsista en la región un enclave colonial.

Los argumentos argentinos para afirmar la soberanía tienen varías dimen­siones. En primer lugar, están los argumentos geográficos: las islas forman parte de la plataforma continental de la Argentina y, además, la proximidad de las Islas Malvinas respecto al territorio continental es evidente en contraste con la distancia que existe entre éstas y Gran Bretaña. Este argumento cobra mayor relevancia en la actualidad, debido a los recursos naturales que hay en la región, y a que es una puerta de entrada a la Antártida.

En segundo lugar, están los argumentos históricos. Los territorios fueron heredados de España, luego de declarada la Independencia, tal como ocurrió con el territorio continental argentino. Los sucesivos gobiernos patrios mostra­ron interés en sostener la soberanía de las islas. La prueba política más sobre­saliente de esto fue el nombramiento de Luis María Vernet como comandante militar de las Malvinas en Puerto Soledad, quien estuvo al frente del cargo des­de el 10 de junio de 1829.

Por último, están los argumentos jurídicos. La Argentina jamás renunció a sus derechos, encaró reclamos diplomáticos y pacíficos permanentes -que sólo se interrumpieron durante los 74 días que duró la guerra- y obtuvo el pro­nunciamiento favorable de organismos internacionales como la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Hacia la década del 60 del siglo XX, la cuestión Malvinas cobró un giro impor­tante en la agenda internacional. En el marco del proceso de descolonización de las naciones abierto por la independencia de los países africanos, el 14 de diciembre de 1960 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 1514 (XV), titulada como “Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales”. Allí proclamó “la necesidad de poner fin, rápida e incondicionalmente, al colonialismo en todas sus formas y manifestaciones”, consagrando dos principios fundamentales que debían guiar la descolonización: el de autodeterminación y el de integridad territorial.

En este marco, los británicos pretendían que para la cuestión Malvinas se apli­cara el principio de la autodeterminación. La Argentina rechazó este planteo y sostuvo que debía primar en cambio el principio de la integridad territorial. Para la Argentina, el principio de autodeterminación no era válido en este caso, ya que la especificidad de la cuestión de las Islas Malvinas reside en que el Reino Unido ocupó las islas por la fuerza en 1833, expulsó a su población originaria y no per­mitió su retorno, vulnerando la integridad territorial argentina. Por este motivo, la aplicación del principio de autodeterminación por parte de los habitantes de las islas causaría el “quebrantamiento de la unidad nacional y la integridad territorial” de la Argentina.

En la cuestión de las Islas Malvinas, la Asamblea General de las Naciones Unidas apoyó el planteo argentino. Así quedó establecido en la resolución 2065 (XX) de 1965, ratificada posteriormente por otras resoluciones en 1973 (3160, XXVIII), 1976 (31/49), 1982 (37/9), 1983 (38/12), 1984 (39/6), 1985 (40/21), 1986 (41/40), 1987 (42/19) y 1988 (43/25), donde Naciones Unidas acepta la aplicación del principio de integridad territorial, pues sostiene que en el conflicto por Malvinas sólo hay dos partes en la disputa de soberanía, la República Ar­gentina y el Reino Unido, por lo que su resolución debe ser tratada de manera bilateral entre ambos países, para llegar a un acuerdo diplomático que tenga en cuenta tos intereses y no los deseos de la población de las islas.

La cuestión de la soberanía, tema central de la disputa, sigue siendo un re­clamo persistente de la Argentina. La voluntad política argentina se expresa en s Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional de 1994, que expresa: “La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la sobera­nía, respetando el modo de vida de sus habitantes y conforme a los principios del Derecho Internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”.

Además, el reclamo argentino cuenta a su favor con la solidaridad latinoame­ricana que se manifestó en los pronunciamientos del MERCOSUR, la UNASUR y la CELAC.

Muchos de los pronunciamientos hicieron foco en repudiar la exploración y explotación de recursos naturales renovables y no renovables en la plataforma continental argentina que desarrolla el Reino Unido. También se comprome­tieron a impedir el ingreso a sus puertos de embarcaciones que enarbolen la bandera ¡legal de las islas y expresaron su repudio a los ejercicios militares británicos en las Islas Malvinas.

Estos acuerdos se basan en la creencia de que la unión de los países de la región es condición de posibilidad para el ejercicio de la autodeterminación de los pueblos del continente frente a cualquier acción que lesione la integridad territorial -o de otra índole- por parte de las grandes potencias mundiales.

 

Presidencia de la Nación. Ministerio de Educación. 2 de abril de 2012. Cuadernillo para docentes de Escuela Secundaria. Pag 17 a 19

 

 

 

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El Caudillismo

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

El auge del caudillismo fue un fenómeno social de la América Latina posterior a la independencia. Durante el período 1820-1835, frente a la crisis del Estado y a la ausencia durante muchos años de un gobierno central fuerte, los caudillos se transformaron en muchos casos en el único poder real en sus zonas de influencia. Muchos de ellos se transformaron en gobernadores; otros mantuvieron ejércitos poderosos que desafiaron al poder central y legitimaron sus políticas con el apoyo de los sectores populares de sus provincias, defendiendo los intereses regionales y su autonomía amenazadas por la política porteña del libre comercio.

La superioridad de recursos económicos y financieros de Buenos Aires harían que su influencia predominase en cualquier tipo de gobierno nacional.

Este descontento estalló tras la sanción de la Constitución de 1819, unitaria, aristocrática y centralista; la difusión en las provincias de las noticias provenientes de Europa sobre la búsqueda, por parte de enviados porteños, de un monarca para las Provincias Unidas del Río de la Plata. El surgimiento de un grupo heterogéneo de caudillos, le dio cauce a la protesta y expresó un sentimiento que se transformó en el sostén de las ideas republicanas y federales enfrentadas a los intereses porteños.

Los caudillos surgen como una forma de autoridad más cercana a los problemas de la gente. Los ejércitos gauchos no eran hordas predatorias como las de Atila, sino que estaban estrechamente vinculados a la institución que les había dado origen y que se fortalecía cada vez más: la estancia.

La mayoría de ellos eran terratenientes que se habían destacado en la defensa de las fronteras, en la lucha contra el indio o participando en las luchas por la independencia. La lucha contra el indio importó distintos logros para los valores de los propietarios de entonces: la protección de la sociedad blanca y de la propiedad, la conquista de nuevas tierras y la consolidación de un poder militar capaz de demostrar su importancia en la región.

No negaron la necesidad de unión entre todas las provincias, pero consideraban que esta unión debía respetar la autonomía política y económica de cada una de sus respectivas regiones.

Los caudillos federales más destacados fueron José Gervasio Artigas, de la Banda Oriental, Bernabé Aráoz, de Tucumán, Martín Miguel de Güemes, de Salta, Estanislao López, de Santa Fe, Francisco Ramírez, de Entre Ríos, Juan Bautista Bustos, de Córdoba, Felipe Ibarra, de Santiago del Estero, Facundo Quiroga, de La Rioja, Juan Manuel de Rosas, de Buenos Aires, y Justo José de Urquiza, de Entre Ríos.

Las milicias irregulares reclutadas entre los gauchos no tenían problemas de abastecimiento, “vivían del país”, como se decía entonces. Estas tropas podían sobrevivir a la disolución del Estado y de hecho lo sobrevivieron.

El manejo del puerto y la Aduana en forma exclusiva e injusta por parte de Buenos Aires será el tema central de los enfrentamientos que comenzarán a darse por esta época y no concluirán hasta la década de 1870.

La incapacidad, la falta de voluntad y el individualismo de los sectores más poderosos llevaron a que nuestro país quedara condenado a producir materias primas y a comprar productos elaborados muchas veces con nuestros productos (manufacturas). Claro que valía mucho más una bufanda inglesa que la lana argentina con la que estaba hecha. Esto condujo a una clara dependencia económica del país comprador y vendedor, en este caso Inglaterra, que impuso sus gustos, sus precios y sus formas de pago.

Por lo tanto, para que las provincias pudieran eludir la dominación de Buenos Aires, era imprescindible que conservaran cierto grado de autonomía económica y fiscal; para ello era necesario lograr autonomía política y, por lo tanto, limitar los poderes y autoridad del gobierno central.

Algunos comenzaron a definir la política de los caudillos como a una democracia bárbara. Alberdi criticó duramente ese punto de vista: “Distinguir la democracia en democracia bárbara y en democracia inteligente es dividir la democracia; dividirla en clases es destruirla, es matar su esencia que consiste en lo contrario a toda distinción de clases. Democracia bárbara, quiere decir, soberanía bárbara, autoridad bárbara, pueblo bárbaro. Que den ese título a la mayoría de un pueblo los que se dicen ‘amigos del pueblo’, ‘republicanos’ o ‘demócratas’ es propio de gentes sin cabeza, de monarquistas sin saberlo, de verdaderos enemigos de la democracia”.

El rechazo a la Constitución unitaria de 1819 provocó la reacción de los federales del interior, particularmente del Litoral. Las tropas entrerrianas, dirigidas por Francisco Ramírez, y las santafecinas, bajo las órdenes de Estanislao López, se dirigieron hacia Buenos Aires en octubre de 1819 y el Directorio no vaciló en solicitar la ayuda del general Lecor, jefe de las tropas portuguesas que ocupaban Montevideo. Esta actitud porteña agravó la situación.

Todo el interior reaccionó contra el Directorio y hasta el Ejército del Norte, que había recibido la orden de bajar hacia el sur para combatir a los caudillos federales, se sublevó en la posta santafecina de Arequito bajo las órdenes de su comandante, el general Juan Bautista Bustos, que se preparaba para apartar a la provincia de Córdoba de la obediencia de Buenos Aires.

En febrero de 1820 las tropas federales de López y Ramírez avanzaron hasta la cañada de Cepeda donde les salió al encuentro el director Rondeau con las milicias porteñas.

Los vencedores de Cepeda, López y Ramírez, exigieron la desaparición del poder central, la disolución del Congreso y la plena autonomía de las provincias. Bustos acababa de asegurarse la autonomía de Córdoba; Ibarra lo imitó en Santiago del Estero; Aráoz, en Tucumán, y entre tanto se desintegró la intendencia de Cuyo, dando origen a tres provincias: Mendoza, San Juan y San Luis.

Ante la derrota, el director Rondeau renunció y quedó disuelto el poder central.

Buenos Aires se transformó en una provincia independiente, y su primer gobernador, Manuel de Sarratea, quiso asegurar la tranquilidad para los negocios porteños firmando el 23 de febrero de 1820 el Tratado del Pilar con los jefes triunfantes, López y Ramírez. El tratado establecía la necesidad de organizar un nuevo gobierno central eliminando para siempre al Directorio.

También se comprometían los caudillos a consultar con Artigas los términos del tratado.

Esto era una verdadera formalidad porque se lo estaba consultando sobre un hecho consumado y dejándolo definitivamente afuera de toda negociación o decisión. La Liga de los Pueblos Libres quedó liquidada con la firma del Tratado del Pilar. Se produjo lo que unos años antes hubiera sido impensable: el propio Ramírez enfrentó con sus tropas a su líder histórico, al creador de la Liga de los Pueblos Libres, José Gervasio Artigas, en la Batalla de Rincón de Abalos el 29 de julio de1820. El caudillo oriental traicionado y perseguido marchará hasta su exilio en el Paraguay donde morirá en 1850.

Ramírez ocupó Corrientes y Misiones y creó la República Federal Entrerriana el 29 de Septiembre de 1820, día de San Miguel, patrono del “continente de Entre Ríos”. Pese a su denominación de “federal”, le república era muy centralizada. Sería dirigida por un “Jefe Supremo” elegido por el pueblo. Como era de esperarse fue electo Ramírez que disfrutaría por muy poco tiempo de su “república federal”.

Estanislao López aceptó la supremacía porteña en el Tratado de Benegas, firmado el 24 de noviembre de 1820, en el cual se establecía un plazo de 60 días para reunir un Congreso Nacional Constituyente en la Provincia de Córdoba, liderada por el caudillo Juan Bautista Bustos, aliado de López. Como compensación a las pérdidas ocasionadas por las continuas guerras sobre el territorio de Santa Fe, López exigió una compensación económica a Buenos Aires: 25.000 cabezas de ganado. El estanciero Juan Manuel de Rosas salió en auxilio del gobernador, y también estanciero, Martín Rodríguez. Se comprometió a armar “una vaquita” entre varios estancieros bonaerenses y a donar él mismo 2.000 cabezas.

El Pacto de Benegas distanció a López de Ramírez y lo acercó a Buenos Aires. Ramírez entró en Santa Fe y fue derrotado por López en Coronda, el 26 de mayo de 1821. Allí se le unió el chileno José Miguel Carrera y ambos marchan contra Bustos en Córdoba, quien los derrota en Cruz Alta el 16 de junio. Decidieron separarse. Carrera huyó hacia Chile y Ramírez marchó hacia el Chaco, pero fue alcanzado por las tropas del lugarteniente de Bustos, Bedoya, y derrotado en San Francisco, cerca del Río Seco. El caudillo entrerriano logró huir pero quedó prisionera su compañera, doña Delfina. Ramírez decidió volver a buscarla. Delfina fue rescatada pero Ramírez recibió un balazo en el pecho que le quitó la vida instantáneamente.

Bedoya le mandó a López la cabeza de Ramírez. El caudillo santafecino la hizo embalsamar: colocó en una jaula sobre su escritorio, como una especie de trofeo, la cabeza de su antiguo socio y compañero.

Buenos Aires quería asegurarse que la guerra interna no volvería a perturbar sus negocios. Ésta fue una de las causas que la llevaron a impulsar la firma de un tratado con las provincias litorales. El Tratado del Cuadrilátero, firmado el 25 de enero de 1822 establecía una “paz firme, verdadera amistad y unión entre las cuatro provincias contratantes”. Se comprometían a la defensa conjunta en caso de un ataque exterior y por artículo tercero fijaban los límites divisorios de las provincias de Entre Ríos y Corrientes y de ésta con Misiones. El pacto “reservado” establecía indemnizaciones en ganado y dinero a las provincias de Santa Fe y Corrientes por parte de Entre Ríos a causa de los bienes perdidos por las acciones de Ramírez. La habilidad de los porteños hizo que la palabra “federación” no figurase en ninguno de los artículos del tratado.

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Problemática Educativa Actual – 4º Humanidades 2012

 

Problemática Educativa Actual
Programa 2012
Prof. Flavio A. Sturla


Fundamentación
:

El programa asume como tarea prioritaria la preparación en el ejercicio de la ciudadanía responsable y el análisis crítico de la realidad socio-política que nos rodea. Por lo tanto, desde la propuesta metodológica y conceptual se intentarán ofrecer herramientas que favorezcan la construcción de criterios para la participación autónoma, creativa y responsable en la esfera pública. La asignatura tiene como finalidad explorar la sociabilidad del hombre y su naturaleza política. Se propone identificar y analizar los desarrollos teóricos más importantes del campo político a lo largo de los siglos y sus respectivas problemáticas. A partir de la investigación y el análisis se intentará ofrecer una respuesta a las actitudes y representaciones que los estudiantes poseen sobre la política, al tiempo que se insistirá en la posibilidad que ella encarna como una herramienta de cambio y equidad social. En tal sentido, el programa articula nociones provenientes de la Ética, el Derecho,la Historiayla Ciencia Políticaen función de problemáticas compartidas por todas estas disciplinas.    

Expectativas de logro:

–          Que el alumno/a desarrolle un juicio crítico permanente y constructivo frente a la realidad.

–          Que el alumno/a identifique continuidades y rupturas en el pensamiento político clásico, sus principales propuestas teóricas y problemáticas actuales.

–          Que el alumno/a analice y valores los principales fenómenos políticos y los procesos sociales dela Argentinay el mundo.

–          Que el alumno/a logre internalizar valores tales como el respeto, la tolerancia, la solidaridad y el compromiso en la acción con los demás para superar la exclusión y discriminación social.

Contenido:

Unidad I: La Política 

La Ciencia Política: objeto de estudio y problemáticas generales. La política como concepto. Origen y desarrollo de las formas políticas. Estado: Noción, componentes, crisis de viabilidad, dinámica interna. Sistemas políticos y formas de gobierno comparadas.

Unidad II: Ideologías y concepciones respecto al Estado.

Las ideologías del siglo XIX y XX: Liberalismo, Socialismo Científico, Anarquismo, Fascismo, Doctrina Social de la Iglesia: características constitutivas. Desarrollo histórico. Tipos de Estado: absolutista, liberal, neoliberal, de bienestar. Principales corrientes de pensamiento en torno al Estado: Max Weber, Karl Marx, Vladimir Ulianov, Antonio Gramsci, Charles Maurras.

Unidad III: Problemáticas políticas de  la Argentina contemporánea.

La democracia como problema: críticas y desafíos. La crisis de los Partidos políticos. Nuevas formas de representación. Participación política y movimientos sociales.  

Metodología de Trabajo: 

La materia posee una carga horaria de dos horas semanales, las que serán divididas en clases prácticas y teóricas. Durante el desarrollo de las primeras, los alumnos deberán cumplir con trabajos propuestos por el docente para profundizar los temas de cada unidad. Los mismos consistirán en el análisis de textos y artículos, la confección de redes conceptuales o esquemas interpretativos, la resolución de cuestionarios de investigación y la discusión por grupos de trabajo a partir de problemáticas y casos testigos. Las clases teóricas estarán a cargo del docente quien ofrecerá los planteos generales y propiciará el espíritu crítico y analítico de los contenidos. Durante el desarrollo de las mismas se incentivará el rol activo del alumno en materia de participación y toma de apuntes.
Para cada encuentro se asignarán lecturas distintas, las que deberán realizarse para poder llevar a cabo el proceso de enseñanza-aprendizaje de manera coherente, ordenada y responsable. Si llegara el alumno/a no llegara a cumplir con ello, el debate, que constituye el nudo central de la materia, no podrá llevarse a cabo. De manera que será imperativo el compromiso por parte de cada uno para llevar adelante la asignatura.   

Criterios de Evaluación:

La materia contempla tres formas de evaluación: las evaluaciones escritas al cierre de cada unidad o bajo la forma de lecciones diarias, las evaluaciones orales periódicas y la confección de trabajos prácticos (grupales e individuales) con su posterior defensa oral. En todos los casos se tendrá en cuenta a la hora de la calificación final, tanto los contenidos conceptuales, como los actitudinales y procedimentales demostrados por cada alumno/a durante el proceso de aprendizaje.  
Se hará especial hincapié en el cumplimiento de los tiempos de entrega de trabajos prácticos o cualquier otra forma de evaluación, el respeto por las consignas, la prolijidad y la honestidad intelectual. La carpeta será considerada como un documento de trabajo personal de cada alumno/a y por tanto, un reflejo claro del grado de compromiso y responsabilidad asumida con la materia. Deberá estar siempre presente en clase, junto con el resto del material de trabajo y será solicitada al cierre de cada cuatrimestre constituyendo un requisito más para la aprobación. La suma de las notas parciales debe promediar como mínimo 6 (seis) para que el alumno/a se encuentre en condiciones de rendir el examen cuatrimestral.

Bibliografía Obligatoria:

UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, “Introducción al conocimiento de la sociedad y el Estado” (Programa UBA XXI), Buenos Aires, Eudeba, 2007.
UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES, “Ciencia Política: guía de estudio” (Programa UBA XXI), Buenos Aires, Eudeba, 2007.AZNAR, L. – DE LUCA, M. (Coord.) “Política, cuestiones y problemas”, Buenos Aires, Emecé, 2007.
BIDART CAMPOS, G. “Lecciones elementales de política”, Buenos Aires, Ediar, 2000.
SARTORI, G. “La Democracia en 30 lecciones”, Buenos Aires, Taurus, 2009.
SVAMPA, M. “Cambio de época. Movimientos sociales y poder político”, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.
Materiales digitalizados en www.socialesmarianista.wordpress.com

 

 

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EL PROBLEMA DE LA OBJETIVIDAD EN LA INVESTIGACIÓN SOCIAL

EL PROBLEMA DE LA OBJETIVIDAD EN LA INVESTIGACIÓN SOCIAL
Educere Año 6, N 18.

El problema del conocimiento del mundo en todas sus dimensiones y contenidos ha sido preocupación constante del hombre a través de toda su historia. En forma permanente ha pretendido dar explicaciones a una serie de interrogantes que le han surgido en su contacto directo o indirecto con las cosas, hechos y fenómenos que la naturaleza le presenta. Se ha preguntado por el ser, por su existencia e indiscutiblemente ha obtenido conocimiento, ha logrado un acervo cultural, pero ¿cómo conocemos lo que conocemos? Miélich (1989) expresa que existen como mínimo cuatro modos de aprehensión de la realidad objetual. Estos modos de conocimiento del ser de las “cosas”, de los “fenómenos” son: la religión, el arte, la ciencia y la filosofía. De éstos, la ciencia es la que ha tenido primacía y desde sus orígenes en los siglos XV y XVI hasta la Revolución Industrial, su tarea fundamental era explicar, ampliar la visión del mundo y de la naturaleza. La ciencia se introduce en todas las esferas de la vida y por eso se desarrolla rápidamente adquiriendo gran importancia. La idea de ciencia que ha imperado es que ésta es un conjunto de tareas especializadas orientadas sistemáticamente hacia un fin que es el conocimiento del mundo real (enmarcado por las coordenadas tiempo, espacio y masa) con el propósito de explicar objetivamente los fenómenos que en el se presentan, para luego formular leyes, es decir, llegar a lo universal. Esta concepción de la ciencia se despliega en el uso predominante de lo que se ha dado en llamar las metodologías cuantitativas que constituyen la modalidad cuantitativa de investigación. En el campo de las Ciencias Sociales, esta modalidad se caracteriza por su profundo apego a la tradicionalidad de la ciencia y utilización de la neutralidad valorativa como criterio de objetividad, por lo que el conocimiento está fundamentado en los hechos, prestando poca atención a la subjetividad de los individuos. Asume que la realidad es estable y la aborda con un método (el hipotético-deductivo) confiable y comprobable. Las técnicas de la ciencia clásica han dado buenos resultados, pero tal y como lo señala Martínez (1997) y otros, esto sólo ocurre cuando no hay una interacción entre las partes, cuando se trata de entes estáticos más que dinámicos. Pero a medida que se asciende en la escala biológica, psicológica y social, su utilidad decrece y su inadecuación se pone de manifiesto. Lo cierto es que aun no se han podido solucionar una serie de problemas tales como la destrucción del ambiente, la amenaza nuclear y las difíciles situaciones económicas y sociales en las que vive una buena parte de la población mundial. Todo ello hace que el orden y las formas de organización tiendan a restructurarse, creándose nuevas formas de vivir y de producir, y por consiguiente, de pensar y conocer acordes con la naturaleza estructural sistémica de las realidades humanas que den soluciones a los problemas planteados. A lo largo de las últimas décadas han ido ganando terreno las metodologías de investigación cualitativas, las cuales pretenden construir conocimientos científicos de la realidad que estudian, pero con base en otra concepción de ciencia. Esta se considera una empresa interpretativa, de modo que los problemas de significado, comunicación y traducción adquieren una relevancia inmediata para las teorías científicas. Se trata de comprender la realidad como un todo unificado. Se asume que no es separable la ciencia, el científico y los resultados científicos. Ahora bien, en torno a las metodologías cualitativas se ha generado una discusión que busca desvalorizar el carácter científico del conocimiento obtenido a través de ellas, y en esa discusión, el concepto de objetividad es considerado clave. La idea central de la filosofía positivista, en la cual se fundamenta la investigación cuantitativa, sostiene que existe una realidad totalmente hecha, plenamente externa y objetiva y que nuestro aparato cognoscitivo es como un espejo que la refleja dentro de sí. De esta forma, su objetivo es copiar esa realidad sin deformarla y la verdad consistiría en la fidelidad de nuestra imagen interior a la realidad que representa. Tal planteamiento ha sido criticado por autores como Polanyi, Feyerabend y Lakatos entre otros. Específicamente han señalado la dependencia que tiene la ciencia respecto de los supuestos teóricos, del marco de referencia conceptual, de la selectividad y dinámica inconsciente y aun de las bases perceptivas (Martínez, 1997). Igual posición han asumido Miélich (1989), Popper (1994) y Hessen (1995), pues entienden que el científico no es un espectador pasivo sino un intérprete que comprende la naturaleza y la sociedad. Así mismo sostienen que la esencia de “verdad” no radica en la relación del contenido del pensamiento con algo que se haya frente a él sino con algo que reside en el pensamiento mismo, pues el hombre jamás vive en una “pureza “epistemológica. Popper (1993) advierte que sólo puede hablarse de objetividad de los enunciados científicos en el sentido de una contrastación “intersubjetiva”. Pero esto también es discutible porque el hecho de que un grupo de personas coincidan en la calificación de un evento porque tienen, por ejemplo, los mismos valores o parten de los mismos supuestos teóricos, no es garantía de que estén en lo cierto. No hay que olvidar que aun cuando los individuos coincidan en aspectos como los mencionados anteriormente, la percepción como conocimiento de las cosas existentes es una conciencia individual y no la conciencia en general. Probablemente sea por estas limitaciones que autores como Kirk y Miller (1986), citados por Rusque (1999), consideran que la objetividad que debe intentar conseguir tanto la perspectiva cualitativa como la cuantitativa tiene una doble característica: “por una parte es producto de la confrontación de los conocimientos o ideas con el mundo empírico, y por otra, del consenso social (intersubjetividad) de un grupo de investigadores que deben aceptar esta construcción” (p.133). Por lo tanto un proceso de investigación es, para estos autores, una tentativa de objetivación del mundo sometida a un cierto control empírico y social. En relación con esta temática, Van der Marren, citado por Córdova (s/f), asume una posición más contundente al respecto. A su modo de ver, “no se trata de ser objetivo por refinación de medidas y por acuerdos intersubjetivos, se trata sobre todo de ser objetivos por el reconocimiento de la subjetividad y por la objetivación de los efectos de esta subjetividad” (p. 22). De Souza (1997) respalda tal planteamiento. Básicamente considera que dada la especificidad de las Ciencias Sociales, la objetividad no es realizable, pero si es posible la objetivación que incluye “el rigor en el uso del instrumental teórico y técnico adecuado, en un proceso interminable y necesario de apuntar la realidad” (p. 31). Así mismo afirma que cualquier producción científica en el área de las Ciencias Sociales es una creación, una realización de un real posible al sujeto y lleva la marca de su autor (en otros términos, admite la polaridad complementaria entre sujeto y objeto). Por lo tanto la objetivación o proceso de construcción que reconoce la complejidad y especificidad del objeto de las Ciencias Sociales es, a su juicio, el criterio más importante de la cientificidad. En síntesis, estos autores en sus planteamientos instan a estudiar la realidad social con visión integral, a tomar en consideración la cuestión de la subjetividad – por ser un componente dimensional de lo humano, de la acción del hombre, de los significados que le da a su actividad- y a ser rigurosos desde el punto de vista metodológico.  Como se puede apreciar, la polémica que se ha suscitado en torno a la objetividad como distinción metodológica, es realmente interesante y recorre ámbitos que tienen que ver con la orientación filosófica de las metodologías de investigación. Particularmente considero que esta polémica no puede ser asumida como una opción personal del investigador al abordar la realidad, pues el problema fundamental es el propio carácter específico del objeto del conocimiento que no es otro que el ser humano y la sociedad. La posición de Van der Marren y de De Souza (1997) la considero acertada porque, efectivamente, el ser humano es algo más que simple forma, tamaño y movimientos. Posee una carga anímica, afectiva cognitiva y ello incide en su manera de interpretar la realidad. Por ello en la investigación social se debe considerar esta subjetividad y más que perseguir la objetividad lo que se debe buscar es la objetivación, o como lo expresa De Souza (1997), hay que abocarse a la búsqueda de minimizar las incursiones del subjetivismo por el compromiso interno de discusión teórica-metodológica y por el compromiso social de someter el abordaje a los criterios de la práctica

 

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Teoría Política. Apuntes para su comprensión.

TEORÍA POLÍTICA
Apuntes para su comprensión

Concepto de política

La política es aquella actividad humana mediante la cual uno o unos hombres  tratan de influir en el comportamiento de otro u otros hombres. La política apunta a lograr un orden social deseable, el bienestar es un “deber ser”. Se dice que la actividad humana política es teleológica justamente porque se orienta hacia un fin, que es realizar un orden de convivencia humana.

Para elaborar el concepto de política debemos partir del hombre, a quien encontramos en un mundo y no lo encontramos solo, sino en compañía de otros hombres con quienes convive. Esta convivencia nos permite hablar de sociedad (una cierta cantidad de hombres conviviendo en un espacio determinado, en un ámbito territorial concreto). Un grupo humano no puede convivir en un espacio físico si no se organiza, es decir, se ordena en busca de un fin (bien común) y con medios para alcanzarlo. Estos medios refieren a una conducción, una autoridad. Cuando el grupo territorial se organiza, esa organización tiene naturaleza política, es decir esta sociedad adquiere estructura política.

Por todo esto podemos decir que es una actividad humana porque solo el hombre hace política. Aristóteles decía que el hombre es un animal político (zoon politikón) y está condenado a vivir con otros hombres, por lo que inevitablemente, de esa convivencia van a surgir las relaciones políticas. Para Aristóteles solo una bestia o un Dios podía sobrevivir fuera de la polis. Recordemos que uno de los peores castigos en Grecia era ser exiliado de la “polis”. Es de la antigüedad clásica de donde proviene la palabra “política” y se origina a partir de la terminología griega:

–          polis: la ciudad estado, el recinto urbano, la comarca y también la reunión de ciudadanos que forman la ciudad.

–          politeia: el Estado,la Constitución, el régimen político, la ciudadanía.

–          politiké: el arte de la política.

La actividad política puede darse en 4 ámbitos:

–          Micropolítica: refiere a las relaciones cara a cara, las relaciones de poder se manifiestan a nivel individual o grupal. Ej. La familia, los amigos, el club

–          Mesopolítica: refiere a un ámbito un poco más amplio que se da a nivel local o regional. Se desenvuelve en un ámbito inferior al de la nación. Comprende la vida política de las ciudades y pueblos.

–          Macropolítica: refiere a la actividad política a nivel estatal. Aquí la política alcanza su máxima expresión y comprende las relaciones políticas de alcance  nacional que sirven para definir y explicar en profundidad la vida política completa de un país (Estado)

–          Megapolítica: refiere al plano que se da en el ámbito internacional. Se trata de la política existente por encima de las naciones y que es materia de estudio de las RRII.

 

Las decisiones políticas se van a caracterizar por una cualidad distintiva: son “vinculantes”. Obligan a todos los integrantes de una comunidad a cumplir los mandatos, sin poder ignorarlas o desobedecerlas. Dichas decisiones para que sean cumplidas se valen de una fuerza específica: la “fuerza legitima”, nombre con el que también designamos la fuerza del Estado y que recibe el nombre de “coacción”. Consiste en usar, en última instancia, legítimamente la violencia para asegurar el acatamiento a sus decisiones. La política es una herramienta del hombre para dirimir conflictos, establecer vías de comunicación, formalizar acuerdos e implementar cambios.

 

Definiciones erróneas o incompletas de Política

 

 

Lucha por el poder

 

Esta definición es incompleta o incorrecta porque no es una lucha sino una competencia pacifica. “Por el poder” hace alusión a lo inmediato, a alcanzarlo, pero el que logra el poder, luego lo ejerce. Este concepto al entender la política solo como la lucha o competencia por el poder, la limita tan solo a uno de sus aspectos: el de la competencia pacifica y reglada de los que tratan de acceder al poder (faz agonal), y la política comprende también la actividad de quien ya tiene el poder y lo ejerce sin necesidad de competir con otros hombres (faz arquitectónica).

El arte de lo posible

La política es un arte, pero más precisamente de lo imposible pues la política es una actividad humana no reglada ni sujeta a normas jurídicas, lo que supone un amplio margen de libertad respecto de las exigencias de la norma y por eso es una acción creadora, fuente de cambio, impulso de lo nuevo y de lo imprevisto. Cuando algo es imposible tengo a la política como herramienta.

Continuación de la guerra por otros medios

Este concepto desnaturaliza la política, porque ella tiende justamente a buscar y construir los consensos que permitan el establecimiento de un orden social deseable para hacer posible la convivencia de los hombres en comunidad.

Distinciones de la Política:

 

I. – Arte

Como arte se manifiesta en la competencia entre los individuos por alcanzar el poder. Debido a que esta competencia no es reglada, cada protagonista, le imprimirá a su accionar su sello personal. En este caso a actividad política será imprevisible. Ej. Tenemos los medios completamente opuestos que han utilizado Menem y de la Rua, uno un luchador, rebelde, mal vestido, y de apariencia extraña, mientras que el otro educado en las mejores universidades, de familia intachable, modales perfectos y postura impecable.

 

II. – Técnica

Como técnica es la actividad que desarrollan los gobernantes, quienes si bien podrán imponer un particular estilo, deberán ejercer el gobierno de acuerdo a las normas dispuestas para ello. En este caso la actividad política será previsible. Ej. Para sancionar una ley debe acatar los pasos dictados por la constitución.

 

III. – Ciencia

Se manifiesta en el conocimiento de esa actividad política que desarrollan los hombres de acuerdo a las reglas del método científico. La política como forma de conocimiento tiende a colocar al fenómeno político bajo análisis y observación científica. No es un conocimiento vulgar, sino objetivo, sujeto a un método, susceptible de transmitirse a otros y de ser adquirido por estos. Este estudio científico de la política tiene múltiples matices, y variara el contenido de la ciencia política según las distintas concepciones de escuelas y autores. Serála Ciencia Políticala disciplina que se encargue del conocimiento sistemático y objetivo de los hechos y fenómenos que conforman la realidad política.

 

Modos del conocimiento político

 

Ciencia: conocimiento sistemático y objetivo, sujeto a verificación empírica e intersubjetivamente transmisible. Dentro de la ciencia hay que distinguir entre ciencias formales como la lógica y la matemática  y fácticas como la ciencia política.

 

Niveles de teorización en las ciencias:

–          Descriptivo: es el nivel inferior y se manifiesta en los primeros pasos del método científico. Ej. Botánica

–          Explicativo: constituye la genuina labor teorética que está destinada a establecer un núcleo teórico sólido de la Ciencia Política. Se trata de encontrar relaciones causales que explique determinado fenómeno y se formulan leyes. Ej. Leyes de la ciencia política: donde hay democracia hay oligarquía.

–          Predictivo: es el mayor desarrollo teórico dentro de las ciencias. En esta instancia, si se controlan las variables, se puede obtener una predicción del fenómeno.

 

La ciencia política

 

Es la ciencia que estudia la realidad política tal cual es y no como debe ser (Paul Janet). Toda ciencia debe tener su objeto de estudio y su método. En el caso de la Ciencia Política el objeto es la realidad política y el método, el método científico.

Naturaleza y evolución

A pesar de sus raíces históricas la Ciencia Política, como disciplina académica, tiene origen reciente. Podemos afirmar que ha sido la última rama del conocimiento en abandonar a la madre filosofía. La evolución de la Ciencia Política ha sido continua debido a la definición y redefinición de su objeto de estudio, la elaboración de nuevas técnicas y métodos en busca de su cientificidad.

 
Desde la antigüedad clásica (Platón, Aristóteles, etc.) hasta casi finales del siglo XIX, no constituyó una disciplina científica en sentido estricto, sino objeto de estudio de los humanistas. En el siglo XVI aparecerán dos obras fundamentales: “Los seis libros de la republica” de Bodin y “El príncipe” de Maquiavelo. Maquiavelo al hacer hincapié en la observación y deseando ser lo más objetivo posible producirá la primera ruptura epistemológica en los estudios políticos. En busca de mayor rigor científico vendrán las obras de Hobbes, Locke, Montesquieu, Toqueville y Mill; pero la política será considerada como objeto de una disciplina científica recién en 1895 con la “London School of economics” en la cual la ciencia política recibirá diversas denominaciones  porque será mérito del francés Paul Janet la utilización por primera vez del término Ciencia Política.

Será a principios del siglo XX cuando algunos estudiosos rechazarán la metodología en boga basada en el análisis de los principios jurídicos y los argumentos morales. Entre ellos estará Bentley y su teoría del grupo (1908) donde planteará el abordaje de la fenomenología política a partir de la acción grupal, convirtiendo al grupo en la unidad de análisis. Su aporte fue ver a la realidad política como un proceso, poniendo el acento no en lo estático sino en lo dinámico de las relaciones políticas. Su teoría provocó un rechazo total en su tiempo y cayó rápidamente en el olvido. De ahí hasta 1940 el análisis político se centrará en los elementos constitutivos del estado. En esos años aparecerán demandas sobre la auténtica cientificidad de la Ciencia Política y será inevitable el debate entre la perspectiva filosófica-legalista-teleológica y la lógica-empírica-explicativa. El final de la Segunda Guerra y sus monstruosidades harán caer en el desprestigio a los estudios legal-formales por inservibles, por no poder explicar una relación política más compleja.

Otros como Aristóteles y los contemporáneos han centrado su interés en el poder, pero si bien el poder aparece en todas las interacciones políticas, también se da en otras dimensiones (familia, religión, ideología, etc.) si aceptamos esto, aceptaremos que el concepto “poder” es muy amplio y que se debe definir bien que es poder político. (Poder económico: relación ricos-pobres. Poder ideológico: relación conocedor-ignorante. Poder político: relación fuertes-débiles. El fuerte deposita su poder en el estado, quien utiliza la violencia  en forma legítima (coacción)

Para Easton, entonces, el objeto será el sistema político: conjunto de interacciones abstractas de la totalidad de los comportamientos, a través de los cuales se asignan imperativamente valores para una sociedad.

Este nuevo enfoque se ocupará de describir y explicar el comportamiento real de los actores políticos usando la psicología social y la estadística para establecer regularidades explicativas del comportamiento político de los individuos, grupos, etc., a partir de los cuales intentar elaborar leyes o proposiciones susceptibles de verificación empírica. A partir de Easton el desarrollo dela Ciencia Políticacomienza a cobrar autonomía. Es el resultante de una corriente llamada “conductismo”, la cual sostenía que lo único observable era la conducta humana. Según Easton las bases u objetivos a seguir son:

  1. Descubrir regularidades en los comportamientos que puedan expresarse mediante generalización para poder predecir y elaborar teorías.
  2. Verificar las generalización mediante la observación del comportamiento
  3. Cuantificarlas mediante técnicas que apunten a la exactitud de las mediciones
  4. Mantener separados los valores de los hechos
  5. Sistematizar los conocimientos adquiridos

En los años 70 el paradigma se orienta hacia el enfoque sociológico, empírico y nomológico, destacándose Dahl, Lipset y Almond. El interés se centra en las pautas colectivas usuales, en su aprendizaje y enraizamiento social. En los años 60 y 70, a raíz de la descolonización de los países del Tercer Mundo aparecerán los estudios de desarrollo político (análisis de los procesos históricos que determinan la configuración de los distintos sistemas políticos, y sus diferencias y semejanzas) y los estudios de política comparada (modo de comparar los fenómenos políticos tratando de profundizar el análisis empírico y la teoría política en todos los sectores del conocimiento).

Hacia los 80 la mayor producción intelectual se refirió al análisis de las “políticas públicas” que estudia los procesos de toma de decisión que emanan de uno o varios actores públicos gubernamentales. Trabajos como este permitieron analizar la política en acción y conectada con otras disciplinas como la economía, la sociología o el derecho. Por esta época cobra fuerza una corriente que se ocupa de los “sistema electorales” que incorpora terminologías, técnicas y nuevos elementos de análisis y medición que permiten formular teorías de gran utilidad para temas como la reforma lectoral y la ingeniería política (Nohlen)

Hoy, la ciencia política tiene precisado su objeto de estudio: la realidad política, que forma parte de la realidad humana, distinta de la realidad natural y de la realidad ultima y trascendente y que está conformada por:

–          Hechos

–          Fenómenos (el más importante es el poder)

–          Actores socializados (individuales o grupales)

–          Ideas, doctrinas, ideologías, creencias, valores y opiniones dominantes (vigentes)

–          Estructuras de mediación (partidos, asociaciones, grupos, grupos de interés, de presión y de tensión)

–          Estado

–          Normas formalizadas para la solución de conflictos (decretos, reglamentos, ordenanzas)

–          Reglas no formalizadas pero aceptadas implícitamente (normas consuetudinarias)

Para que estos elementos sean cualificados como políticos deben estar insertos en alguna de las categorías de lo político:

  1. En la relación mando-obediencia: se entiende a la política como una relación interhumana en la que la acción de unos determina el comportamiento de otros. Este presupuesto es netamente político en sus dos términos: mando y obediencia. Y además porque de esta relación se desprende el medio especifico de la política, la “fuerza”, cuyo monopolio esta centralizado por el Estado,
  2. En la relación público – privado: la esfera pública se caracteriza por relaciones de subordinación entre gobernantes y gobernados, relaciones desiguales que se materializan mediante la ley (sociedad en conjunto); mientras que en lo privado estas relaciones son de coordinación, entre iguales y se materializan mediante el contrato. (cada uno de nosotros como integrantes de la sociedad)
  3. En la relación Amigo – enemigo: sostiene que lo político puede encontrar su fuerza en diversos sectores de la vida humana, no indicando sector concreto particular, sino el grado de intensidad, creando la dialéctica del conflicto y la lucha con el enemigo público. Se dan en las relaciones internacionales cuando mis intereses concuerdan con los de otro estado, condición en la que será mi “amigo”, y cuando los intereses entran en conflicto, ese estado será mi “enemigo”

“Como lo político está en cierta forma condicionado por lo social, cualquier hecho o fenómeno, no esencialmente político puede tener incidencia política, incluso los hechos y fenómenos naturales. En condiciones normales las dos primeras categorías se encuentran en el plano interno y la tercera en el externo. En condiciones anormales la tecera categoría amigo – enemigo entra en el plano interno.”

 

Características de la realidad política:

  1. Es múltiple: en su esencia la realidad política es siempre la misma pero va a tener múltiples manifestaciones en diferentes momentos históricos. Ej. Un faraón y Menem
  2. Es polifacética: dentro de la realidad política vamos a reconocer 2 fases:

a-        Faz estructural: compuesta por un conjunto de roles perfectamente definidos, diferenciados entre sí y jerarquizados y que se van a expresar en instituciones. Ej. PE, PL, PJ

b-       Faz dinámica: que se desarrolla en el interior de la estructura. Está protagonizada por los actores políticos y su actividad puede tener como fines inmediatos la ocupación de cargos o roles en el sistema político, su conservación, la resistencia o la adhesión a la actividad que se despliega de ellos. Como fines mediatos encontramos la realización de una determinada representación de un orden social deseable. Esta faz comprende a su vez:

–          Faz agonal: está orientada hacia el fin inmediato de la actividad política, alcanzar el poder. Implica la competencia por el poder entre aquellos que quieren ocupar los cargos de gobierno.

–          Faz arquitectónica: es el ejercicio del poder político por parte de los gobernantes y en general se orienta hacia los fines mediatos, garantizar la convivencia y el bien común, es decir, lograr un orden social deseable. Es por tanto la actividad creadora, constructora, conductora e integradora.

–          Faz plenaria: es la integración de las dos anteriores. La faz plenaria busca el equilibrio entre el consenso y el conflicto, entre orden y movimiento y entre estabilidad y cambio.

  1. Es variable: siempre vamos a encontrar las tres fases anteriores matizadas por el cambio temporal y las modificaciones operadas en los valores dominantes de una sociedad en el marco de su contexto histórico.
  2. Es simbólica: la realidad política no es objetiva como la naturaleza, ni subjetiva como los sueños, sino que es objetivable, impregnada del subjetivismo de los hombres. Los símbolos están presentes en la realidad política. (Ej: el saludo de los peronistas con los dos dedos, o las manos tomadas de Alfonsín)
  3. Es  multirrelacionada: va a mantener relaciones con todas las demás manifestaciones de la realidad humana, con la sociedad, con la moral, con la economía, el derecho, la historia, la psicología, etc.

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Falsos mitos y viejos héroes

Falsos mitos y viejos héroes

Las historiadoras Hilda Sabato y Mirta Lobato analizan los programas de divulgación que realizaron Mario Pergolini y Felipe Pigna en Canal 13. Aquí concluyen: “Un producto reaccionario que desalienta la reflexión”.

Vivimos rodeados de mentiras”: dice Mario Pergolini a poco de iniciarse el primer capítulo del programa especial Algo habrán hecho por la historia argentina, que fue emitido por Canal 13. Junto a Pergolini, Felipe Pigna asumió el papel de quien habría de revelar las verdades que, según se desprende del diálogo, nos han sido hasta ahora ocultadas o escatimadas a los argentinos. A lo largo de cuatro emisiones, Pergolini y Pigna dialogaron sobre el pasado, comenzando por las invasiones inglesas de 1806 y 1807, para terminar (aunque prometen una nueva serie) a mediados del siglo XIX, con la caída de Rosas y la muerte de San Martín en Francia.
¿Qué historia nos cuenta este programa y cómo la cuenta? De la mano del maestro —Pigna— y el alumno —Pergolini— Algo habrán hecho… hace un recorrido cronológico y estructura un relato en torno de algunos ejes:
* La historia tal como se ha contado hasta ahora es una tergiversación de la verdad, que este programa se propone develar.
* Nada ha cambiado en nuestra historia por lo que nuestro presente puede leerse directamente a partir del pasado y viceversa. “La Argentina es siempre la Argentina” dice, hacia el final, el alumno después de aprender lo que le ha enseñado su maestro. Por lo tanto, todo lo ocurrido se interpreta en clave del presente.
* Esa historia es la de la lucha entre los buenos y los malos. Los protagonistas son los grandes nombres: los buenos son los héroes o patriotas, que son virtuosos sin matices ni atenuantes a lo largo de todas sus vidas (con San Martín a la cabeza) y los malos son “los de siempre” y se distinguen por ser enteramente corruptos y traidores. El pasado se reduce a una sucesión de hechos (no muy diferente de las efemérides escolares) que se identifican con las acciones de esos hombres importantes que definen el destino argentino. Hoy como ayer, el mal siempre triunfa sobre el bien, pero los buenos insisten y la historia vuelve a empezar.
* También hay un “pueblo”, que aparece mencionado aquí y allá, siempre de manera genérica (el pueblo es uno y homogéneo) y del lado de los buenos.
* La Argentina existe desde siempre: se habla de la nación, del estado nacional y de los argentinos como entidades eternas.
Con estos ejes no muy novedosos, el programa propone un formato innovador. Maestro y alumno van hacia el pasado, y mientras dialogan, hablan con los personajes y se identifican con sus temores y ansiedades. Las escenas combinan cuadros del presente (Pigna y Pergolini en Londres, París, Rosario, la campaña de Buenos Aires) con otras que ficcionalizan algunos hechos narrados (batallas, asambleas, fusilamientos) siempre con los grandes personajes en primer plano y con la ocasional intrusión de Pigna y Pergolini como observadores participantes. Hay un importante despliegue de mapas, croquis y dibujos; en cambio, es muy escaso el uso de material documental a pesar de su existencia y disponibilidad.
Así, esta propuesta tiene limitaciones importantes. El guión prescinde de algunos de los elementos clave de un relato cinematográfico, tales como la consistencia y el crescendo narrativo. Aquí, las cartas están echadas desde el primer cuadro; todo el resto es una mera confirmación de lo que sabemos de antemano.
Los interrogantes son sólo retóricos, pues la respuesta ya se conoce. Por caso: frente a las sucesivas campañas militares encabezadas por Manuel Belgrano, Pergolini es categórico: “A esta altura ya no tenemos dudas: en Buenos Aires a Belgrano lo odiaban” —sin preguntarse quién, por qué, ni cómo un hombre como él encaraba y aceptaba sin más esos destinos—, a lo que Pigna responde: “No te quepa duda”. Dudas es lo que no hay en este relato; esa ausencia achata el diálogo y simplifica la historia.
El acartonamiento de la conversación en que el maestro recita largos párrafos a un alumno que repite, acota, y “aprende” las lecciones de la historia se acompaña con su opuesto: los guiños constantes, cómplices y prejuiciosos entre los dos amigos, que a su vez extienden a los televidentes. Por ejemplo, cuando aparece la caricaturesca figura de un militar brasileño amenazando con la guerra (allá por 1826), Pergolini espeta “¿Qué dice el brasuca?”
Las puestas en escena de eventos específicos abundan en detalles inverosímiles, como los cuadros de batalla con soldados impecablemente vestidos, el parlamento de Castelli ante el fusilamiento de Liniers, el capitán del barco envenenando a Moreno (presentado como verdad indiscutible, cuyas pruebas —claro— no existen), o la grotesca dramatización del cabildo abierto del 22 de mayo. El material de archivo, el despliegue gráfico y las escenas ficcionalizadas no cumplen otro papel que ilustrar las palabras. Son como estampitas destinadas a meter por los ojos lo que ya se está diciendo en el diálogo. Si estos son los problemas de un formato que prometía otra cosa, los que presenta a la interpretación histórica son aún más serios.
Uno. El programa reitera y refuerza las visiones más patrioteras de la historia argentina. Retoma las figuras de los héroes más rancios del panteón nacional y las versiones más esencialistas de la nacionalidad argentina. Como en las tradicionales historietas de Billiken, se comienza con las invasiones inglesas, que sirven para denostar a los ingleses (de allí en más serán villanos de la película), para mostrar desde la primera escena al primero de los corruptos (Sobremonte, en una escena desopilante por lo inverosímil) y para hablar ya de los buenos por venir, sobre todo Belgrano. Esta figura aparece en el primer plano de la historia de la revolución, cuyo tratamiento es réplica de los relatos escolares, con los “patriotas” a la cabeza. Todas las incertidumbres y turbulencias de la época revolucionaria quedan subsumidas en un cuentito ejemplar.
En un segundo momento, cuando “la Argentina parecía un sueño a punto de morir… un hombre avanzaba en silencio…” para enfrentar “al imperio, a la traición y a su propio destino de héroe”: San Martín. El tratamiento de su figura recorre varios programas, pero desde la primera escena resulta indiscutible: estamos frente al virtuoso total. No hay, sin embargo, explicación o interrogante alguno acerca del porqué de su virtud y sus benéficas acciones (los héroes no se explican: SON). Sólo sabemos que él luchaba y luchaba, mientras sus enemigos acérrimos buscaban su destrucción. Aquí, un nuevo villano ocupa la escena: “Buenos Aires”, antes cuna de la revolución pero de pronto nido de todos los males y los malos.
La contrafigura más importante de San Martín es Bernardino Rivadavia. Sus iniciativas de cambio son ridiculizadas como “cabalgata modernizadora que no se detiene ante nada” y mientras en pantalla se enumeran sin comentarios sus obras (la creación de la UBA, el Museo Histórico Nacional, la Caja de Ahorro, entre muchas otras) por otro lado se lo sindica como corrupto y coimero, pero —de nuevo— no hay intentos por explicar ni al personaje ni a su época. Lo que sigue es más de lo mismo: Lavalle es malo/tonto, Dorrego es buenísimo, Rosas es astuto y cruel, pero está con la soberanía nacional, y hasta se vuelve sobre la ya remanida (y demolida) imagen de “la anarquía” de los años 20. Una historia maniquea, sin matices y que poco innova sobre esa historia “oficial” que pretende cuestionar.
Dos. El programa remite a una forma muy tradicional de escribir la historia. Algo habrán hecho… se acerca al pasado ignorando toda la historiografía de los últimos cincuenta años. No hay ningún intento por analizar procesos ni estructuras. Los hechos se suceden por obra y gracia de héroes y antihéroes. En segundo lugar, no se atiende a ninguna de las dimensiones del pasado que hoy constituyen la materia principal de los historiadores en todo el mundo: lo social, la economía, la vida política, el mundo de las representaciones y la cultura. Si de vez en cuando se introduce alguna mención que supone una referencia a un actor social o político (“la oligarquía”, “el pueblo”, “los caudillos”, “los estancieros”), no se hace ningún esfuerzo por ubicarlos en el tiempo, describir sus características o analizar sus transformaciones. Y no es que la historiografía argentina carezca de estudios sobre esos temas: los hay, de diversas orientaciones, y podrían haber servido para introducir una visión menos estereotipada de nuestro pasado.
En tercer lugar, en esta visión la historia es cosa de hombres. No sólo las mujeres no aparecen como protagonistas, sino que las referencias a ellas son a la vez prejuiciosas (“¡Qué bagarto!” dice Pergolini frente a la imagen de una mujer que no conoce; “No, pará —lo instruye Pigna— que ésa es Encarnación Ezcurra, la mujer de Rosas”) y equivocadas. Así, de las tertulias se dice que servían “para que las familias engancharan a sus hijas con algún doctor o militar soltero”, mientras que los varones participaban —como verdaderos hombres— de las tertulias revolucionarias. Se ignora todo lo escrito sobre esas formas de sociabilidad donde la mujer cumplía importantes roles.
Tres. Para acomodar la realidad a su versión del pasado, el programa incluye omisiones, errores, anacronismos y tergiversaciones sobre hechos que son conocidos y han sido largamente analizados. Apenas algunos ejemplos: el rol revolucionario de Saavedra y de las milicias que él comandaba queda totalmente desdibujado, pues entraría en contradicción con su imagen de antihéroe (frente a Moreno); se tergiversa el lugar de Gran Bretaña en las guerras de independencia (sólo se habla de presiones que habría ejercido ese país contra la “voluntad independentista” y no de las conocidas actuaciones en sentido inverso); se reducen los conflictos entre unitarios y federales a la disputa por las rentas de aduana; se distorsiona la historia del sufragio, pues al presentar ese tema para la coyuntura de 1820/21 y el ministerio de Rivadavia —”el malo”— se omite toda referencia concreta a la ley de 1821 que estableció el voto activo para todos los varones adultos libres; en cambio se pasan dos imágenes: la primera refiere a un discurso pronunciado por Dorrego —”el bueno”— cinco años más tarde y la segunda teatraliza una escena de comicios inverosímil según los estudios actuales sobre elecciones.
Cuatro. El programa aplana el pasado, lo simplifica y lo equipara al presente, sin preguntarse por las diferencias y cambios que atravesó la sociedad argentina en dos siglos. Para subrayar las continuidades y mostrar que todo es lo mismo, utiliza un recurso de manera reiterada: en el relato del siglo XIX inserta imágenes del pasado reciente para forzar así la identificación entre aquella historia y los traumáticos sucesos de los últimos treinta años. Cuando el cadáver de Moreno es arrojado al agua (como se hizo durante siglos con todos los muertos en alta mar), Pergolini y Pigna reflexionan en la costanera del Río de la Plata y una voz en off acota: “Era el comienzo de una oscura tradición argentina”, refiriéndose a la práctica criminal de la última dictadura militar, de arrojar a ese río los cuerpos de detenidos-desaparecidos. Cuando se menciona el 24 de marzo como fecha de inicio del Congreso de Tucumán, se da este intercambio:
Pergolini: —¡Un 24 de marzo!
Pigna: —Pero por aquel entonces esa fecha no tenía la connotación tan nefasta que tiene hoy en día.
Esta modalidad se exacerba en la referencia a la ley de amnistía de Rivadavia (“ley del olvido”) pues, con ignorancia absoluta de cómo funcionaba entonces la vida política y las instituciones, se la equipara a las leyes de Punto Final y Obediencia Debida de 1987 y al indulto a los militares de la última dictadura, y se incluye, de manera anacrónica, una larga escena con imágenes de las protestas frente a esas medidas encabezadas por los organismos de derechos humanos. Algo equivalente ocurre con el levantamiento de Lavalle (un levantamiento entre muchos otros) al que se sindica como “el primer golpe de estado de la historia argentina”. Estas operaciones no son inocuas. No sólo obstaculizan cualquier intento de pensar el pasado en sus propios términos sino que mitigan los problemas del presente. En efecto, si todo siempre fue igual, si la Argentina desde sus orígenes más remotos tuvo golpes de estado, desaparecidos, militares asesinos e indultos, entonces los crímenes recientes sólo son un eslabón más de una larga cadena y sus responsables pueden lavar sus culpas en el altar de una historia siempre igual a sí misma. Más que derribar mitos y develar verdades, como pretende el programa en sintonía con la apuesta más general de divulgación histórica liderada por Pigna, Algo habrán hecho… funciona retomando y consolidando viejos mitos de la historia argentina. Y si aquel “vivimos rodeados de mentiras” se presenta como una promesa inicial de crítica profunda, al uniformar el punto de partida y de observación, termina por ofrecer un producto reaccionario, que impide la interrogación, deslegitima el debate y desalienta la reflexión, tanto sobre el pasado como sobre nuestro más cercano e igualmente complejo presente.

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Mario Bunge: KUHN, TRES PENSADORES EN UNO

Mario Bunge: KUHN, TRES PENSADORES EN UNO

Todos los universitarios han oído hablar de Thomas S. Kuhn (1922-1996). Parecería que no se puede pasar por culto sin citarlo. De hecho, Kuhn es el más citado, aunque no necesariamente el más leído, de todos los autores no literarios. Hasta la fecha su libro más conocido ha vendido más de un millón de ejemplares en veinte lenguas. Sin embargo, pocos saben que Kuhn no fue uno sino trino, como diría un teólogo cristiano. Y lo peor es que el más influyente de los tres no es el que el propio Thomas hubiera querido ser, o sea, un historiador de la ciencia venerado por sus pares como lo fue, por ejemplo, George Sarton en su tiempo. En efecto, el Kuhn popular es el de los paradigmas y desplazamientos, o revoluciones científicas. Estas eran las ideas centrales (aunque oscuras) de su libro La estructura de las revoluciones científicas, que en 1962 le ganó fama de la noche al día.
Un año después lo vi ocupar el centro de la primera reunión de historiadores de la ciencia, en Filadelfia. En 1965, en Londres, volvió a atraer la atención en el simposio dedicado a Popper, y ello por dos motivos. Uno de éstos fue que Margaret Masterman, una filósofa desconocida, expuso una ponencia clara y combativa en la que mostraba que Kuhn había metido por lo menos dos docenas de conceptos distintos en la bolsa “paradigma”. Entre ellos figuraban los de cosmovisión, modelo a imitar y programa de investigación. Kuhn aprendió esta lección. Unos años después, cuando vino a hablar a mi universidad sobre los orígenes de la teoría cuántica, un asistente le preguntó algo sobre los paradigmas, y él lo paró en seco: “Estoy harto de eso. Ahora estoy en otra cosa”.

Controversia con Karl Popper

Al terminar su conferencia le pregunté cuál sería su próximo proyecto y me contestó que pensaba estudiar la tesis de Mary Hesse, de que las teorías científicas son modelos visualizables, como el modelo atómico de Rutherford-Bohr. Tom no tenía idea de que las teorías son sistemas de hipótesis, ni de que la teoría cuántica moderna no alienta los modelos visuales, porque se ocupa de cosas que carecen de forma propia. El otro motivo por el cual Kuhn descolló en aquel memorable simposio de 1965 fue la resonante controversia que sostuvo con Karl Popper. El contraste entre ambos era físico, psicológico y filosófico. Kuhn era un gigantón, hablaba fuerte y fumaba un enorme habano. En cambio, Popper era menudo, hablaba bajito y odiaba el tabaco. La incompatibilidad filosófica entre ambos no era menos obvia, pese a que Karl intentó minimizarla. Mientras Popper era racionalista, Kuhn sostenía la tesis irracionalista de que los cambios de teoría son tan irracionales como las conversiones religiosas. Sin embargo, paradójicamente, ambos concordaban en que no hace falta justificar la adopción de una teoría; en particular, los datos favorables no serían importantes. Pero volvamos a mi tesis. Mi tesis es que hubo tres Thomas S. Kuhn en una misma persona: el historiador, el filósofo y el sociólogo de la ciencia. El primero fue ignorado o fuertemente criticado por sus colegas y no formó escuela. El segundo logró la popularidad que sabemos. Y el tercero, aunque igualmente popular, sólo existió en la imaginación de ciertos sociólogos de la ciencia: que lo consideran, junto con su amigo Paul K. Feyerabend, como el cofundador o al menos padrino de la nueva escuela en ese campo. Esta escuela niega la existencia de verdades objetivas y afirma que las ideas, e incluso los hechos, son construcciones o convenciones de grupos o comunidades de investigadores. Se llaman a sí mismos constructivistas (por oposición a realistas) y relativistas (por negar la existencia de verdades universales, independientes de las circunstancias sociales). Lo curioso es que, aunque Kuhn sostuviera que la sociedad cambia de teorías científicas como de modas sartoriales, sus trabajos históricos son tan internalistas como los tradicionales. O sea, no practicó como profesional lo que predicó en su libro más popular. No menos curioso es que este libro fuera publicado originariamente como el último fascículo de la Encyclopedia of Unified Science, de orientación positivista. Esto es curioso porque Kuhn era netamente antipositivista. En efecto, no concedía mayor valor a los datos empíricos y creía más en la analogía que en la inducción (generalización a partir de datos empíricos). Pero volvamos al constructivismo-relativismo.

Contradicciones reveladoras

Hace unos años, un periodista de Scientific American entrevistó a Kuhn y le preguntó si creía que, cada vez que cambia la cosmovisión dominante, también cambia el propio mundo. “¡Por supuesto!”, contestó Tom con su vozarrón. Segunda pregunta: “¿Cree que el mundo que lo rodea existe independientemente de usted?” Respuesta: “¡Por supuesto!”. Esta contradicción muestra a las claras la ingenuidad filosófica de Tom. Hacia el final de su vida, particularmente en una conferencia que pronunció en Harvard en 1991, Kuhn se distanció explícitamente de los constructivistas, que niegan la existencia autónoma del mundo. Aunque siguió admitiendo (como toda persona razonable) que la política desempeña un rol en la vida científica, negó que éste fuese el principal. Desgraciadamente, Tom no dijo cuáles son las motivaciones de los investigadores básicos. El gran Robert K. Merton lo dijo y con razón: son la curiosidad y el deseo de ganar prestigio. Quienes buscan poder se dedican a los negocios o a la política.
Consejo a los admiradores del triple Kuhn: decídanse a cuál de ellos venerar, porque no sólo son diferentes, sino que no armonizan entre sí. A menos, claro está, que estén dispuestos a reconocer que tampoco esta trinidad es inteligible.

 

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