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Claves de la identidad peronista – Julio Barbaro

Claves de la identidad peronista

Julio Barbaro
Para LA NACION

Jueves 12 de mayo de 2011 | Publicado en edición impresa

En los últimos tiempos, y por distintas razones, la frustración de algunas propuestas electorales y la vitalidad del Gobierno llevaron a varios analistas a ensayar diversas interpretaciones de esos fenómenos.

Por ejemplo, por debajo de la discusión sobre la década del 70 -todavía un griterío sin voces dominantes- subyace y revive el debate acerca de la naturaleza real del peronismo. Si a los pragmáticos los fastidian estas supuestas nostalgias, son muchos los que las juzgan indispensables para saldar esa deuda pendiente. Del mismo modo, el revisionismo histórico tuvo sus tiempos y resultó imprescindible para cuestionar y potenciar una mirada sobre el pasado en la que la pluma de los vencedores había terminado por degradar la gesta de los derrotados. El paso del tiempo merecía una distancia más enriquecedora de los hechos.

Con el peronismo, la realidad fue demasiado densa, y su duración, excesiva, como para conformarse con las definiciones y los odios estipulados por sus gestores y sus vencidos. El revisionismo no cambió la historia oficial de golpe, pero dejó abierta la puerta para enaltecerla en la misma medida en que la ficcionalizó al llenarla de dudas.

El peronismo surgió como la reacción de una clase social a un proyecto de sociedad que no la incluía, que la ignoraba y a veces concretamente imponía sobre ella su desprecio.

Si los sectores adinerados se concebían a sí mismos en tanto generadores de una extensión de la admirada Europa, los humildes sabían de sobra que ese proyecto los reducía al rol de simples obreros cercanos a la esclavitud.

En la década del 40, esa situación era compartida por los descendientes de los indios de un conquistado desierto que no era tal y por los hijos de una inmigración que provenía de Europa y que estaban lejos, sin embargo, de participar de los sueños fundacionales de quienes habían promovido su llegada, en especial por la diversidad de sus raíces y el número y la calidad de sus integrantes. En ese devenir se ubica la confrontación entre el peronismo y la oposición, en el espacio de una contradicción cultural entre dos visiones del mundo.

Los “cabecitas negras” y los despreciados humildes inmigrantes fueron la fragua donde se generó una identidad vital que encontró lentamente su voluntad de expresión política.

Conservadores, socialistas y liberales -incluso algunos radicales- imaginaban educar al soberano para incluirlo en su proyecto de sociedad, mientras un pueblo raso generaba su lenguaje y sus costumbres, decidido a defender su concepción de la vida.

Forja y sus miembros fueron una muestra contundente de esa decisión. En el tango se manifestó como en ningún otro espacio de la cultura popular el nacimiento de una identidad ciudadana susceptible de imponer su modalidad. Cátulo Castillo, Homero Manzi y Enrique Santos Discépolo se encuentran con la gesta del 45; Leopoldo Marechal es su poeta, y Hugo del Carril se convierte en su voz.

Dado que no se trataba de una mera confrontación ideológica, sino de una batalla cultural, Perón construye un movimiento y, como buen militar, despliega sus fuerzas imaginando el enfrentamiento entre dos ejércitos.

Por consiguiente, habrá izquierdas y derechas en ambos bandos. Los viejos socialistas y el comunismo, en su versión soviética, fueron parte de la izquierda imperial, en tanto que la izquierda propia se generó con aquellos sectores que priorizaban lo nacional por sobre lo ideológico. Y si para los liberales existía el ciudadano universal convertido en consumidor, los marxistas veían en el proletario también una figura sin patria.

Se enfrentaban dos visiones: una, en manos de los que procuraban imitar a los Estados Unidos o a la Unión Soviética, y otra, la de quienes se proponían transitar su propio camino tanto en el capitalismo como en el socialismo. De allí, la fuerza de la consigna “ni yanquis ni marxistas, peronistas”.

Quizá sea por eso que cuesta tanto entender desde la mera ideología una batalla cuyos protagonistas no eran de piel negra como en Sudáfrica ni de origen indígena como en Bolivia, sino que integraban un universo marcado por una visión original del mundo, dentro de la cual convivían distintas convicciones políticas. Así se entiende que otras consignas tan definitorias, como “alpargatas sí, libros no”, contuvieran la fuerza de una provocación, aunque expresaran también la pertenencia social de aquellos que, carentes de educación formal, se sentían en condiciones de hacer prevalecer su visión de la vida.

No heredamos tampoco un tronco de identidad que se impusiera sobre el resto: lo hispano fue primero en su llegada, pero los conflictos y las inmigraciones fueron disolviendo la preeminencia de sus rasgos. Estábamos entonces obligados a acompañar el desarrollo de nuestras propias tradiciones. El radicalismo y el peronismo expresan distintas etapas en la formación de la conciencia nacional: en primer término, se debatió el derecho al voto y luego, la consiguiente participación del ciudadano en la riqueza colectiva.

Ahora bien, es en un contexto de imposición cultural donde la izquierda se encuentra con su destino y se vuelve peronista en los 70. El liberalismo hará otro tanto cuando logre su acercamiento en los 90.

Así, Menem, por historia y oportunismo, se encuentra con la derecha sólo al tiempo de ocupar su gobierno, sin una decisión anterior oculta. La coyuntura del mundo y de sus relaciones le marca un rumbo, de consecuencias desastrosas, que él luego elige transitar. Y lo mismo opino de Néstor Kirchner, quien en sus primeros tiempos de gobernante fue probando un camino que, como buen peronista que cabalga la historia, terminó por definir en el andar. Para ambos, el peronismo era tan sólo el espacio desde el cual aprendieron el oficio del poder, pero no el que definió la orientación de sus actos.

De este modo, el poder con sus complicaciones y sus dones es más el dueño de los vientos que empujan las velas que la memoria o las bases de aquel viejo movimiento reivindicador de los marginados y de la voluntad de ser nación, con pueblo y con industria, con teorías propias e inventos desarrollados, capaz de generar un progreso que no copia ni imita en la misma medida en que no quiere depender.

Es el sueño de ser independientes, no con ingenuidad pueril, sino con el trazado de las relaciones de igualdad y respeto; ese nacionalismo que implica, lisa y llanamente, suponer que entre un pueblo y una geografía se engendran rasgos irrepetibles, que no nos vuelven superiores a nadie, pero que tampoco nos obligan a imitar supuestos ejemplos dignos de ser copiados.

Por otro lado, asistimos a la noción central de que la historia transita en el seno de la conciencia colectiva y sólo son militantes los que se disponen a trabajar a su servicio, y presenciamos también el enfrentamiento, con todas las variantes de las minorías lúcidas, de aquellos que por formación o convicción se creen facultados para ejercer el rol de vanguardia iluminada de las masas.

Esta no es más que una apretada síntesis de una mirada sobre aquel pasado, admitiendo que, en su retorno, Perón dio por finalizada la etapa de la confrontación necesaria para que se impusiera la existencia de aquella identidad. En sus palabras y en sus encuentros, definió claramente que todos somos argentinos, o invirtiendo esa misma definición, que peronistas somos todos.

Convendría, entonces, que al asumir sus propuestas, cada corriente de pensamiento superase las denominaciones de “peronismo” y “radicalismo”, dado que ambas raíces están hoy expandidas por todas las ideas vigentes.

Con los términos “radical” y “peronista” definimos exclusivamente la provincia donde nacimos. La coyuntura exige la determinación del lugar donde habitamos, a la vez que se impone la llegada de tiempos en que nos sintamos seducidos por proyectos colectivos.

Nuestro país vive hoy una de sus últimas etapas de confrontación con los recuerdos, con más candidatos que se despiden que sobrevivientes en las boletas de los votantes. Sin duda, lo que hoy enfrenta y divide no lo hará mañana, y eso abre otra etapa en el camino hacia la madurez de nuestra realidad política.

© La Nacion

El autor fue secretario de Cultura de la Nación entre 1989 y 1991, y titular del Comfer

Claves de la identidad peronista

Julio Barbaro
Para LA NACION

Jueves 12 de mayo de 2011 | Publicado en edición impresa
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En los últimos tiempos, y por distintas razones, la frustración de algunas propuestas electorales y la vitalidad del Gobierno llevaron a varios analistas a ensayar diversas interpretaciones de esos fenómenos.

Por ejemplo, por debajo de la discusión sobre la década del 70 -todavía un griterío sin voces dominantes- subyace y revive el debate acerca de la naturaleza real del peronismo. Si a los pragmáticos los fastidian estas supuestas nostalgias, son muchos los que las juzgan indispensables para saldar esa deuda pendiente. Del mismo modo, el revisionismo histórico tuvo sus tiempos y resultó imprescindible para cuestionar y potenciar una mirada sobre el pasado en la que la pluma de los vencedores había terminado por degradar la gesta de los derrotados. El paso del tiempo merecía una distancia más enriquecedora de los hechos.

Con el peronismo, la realidad fue demasiado densa, y su duración, excesiva, como para conformarse con las definiciones y los odios estipulados por sus gestores y sus vencidos. El revisionismo no cambió la historia oficial de golpe, pero dejó abierta la puerta para enaltecerla en la misma medida en que la ficcionalizó al llenarla de dudas.

El peronismo surgió como la reacción de una clase social a un proyecto de sociedad que no la incluía, que la ignoraba y a veces concretamente imponía sobre ella su desprecio.

Si los sectores adinerados se concebían a sí mismos en tanto generadores de una extensión de la admirada Europa, los humildes sabían de sobra que ese proyecto los reducía al rol de simples obreros cercanos a la esclavitud.

En la década del 40, esa situación era compartida por los descendientes de los indios de un conquistado desierto que no era tal y por los hijos de una inmigración que provenía de Europa y que estaban lejos, sin embargo, de participar de los sueños fundacionales de quienes habían promovido su llegada, en especial por la diversidad de sus raíces y el número y la calidad de sus integrantes. En ese devenir se ubica la confrontación entre el peronismo y la oposición, en el espacio de una contradicción cultural entre dos visiones del mundo.

Los “cabecitas negras” y los despreciados humildes inmigrantes fueron la fragua donde se generó una identidad vital que encontró lentamente su voluntad de expresión política.

Conservadores, socialistas y liberales -incluso algunos radicales- imaginaban educar al soberano para incluirlo en su proyecto de sociedad, mientras un pueblo raso generaba su lenguaje y sus costumbres, decidido a defender su concepción de la vida.

Forja y sus miembros fueron una muestra contundente de esa decisión. En el tango se manifestó como en ningún otro espacio de la cultura popular el nacimiento de una identidad ciudadana susceptible de imponer su modalidad. Cátulo Castillo, Homero Manzi y Enrique Santos Discépolo se encuentran con la gesta del 45; Leopoldo Marechal es su poeta, y Hugo del Carril se convierte en su voz.

Dado que no se trataba de una mera confrontación ideológica, sino de una batalla cultural, Perón construye un movimiento y, como buen militar, despliega sus fuerzas imaginando el enfrentamiento entre dos ejércitos.

Por consiguiente, habrá izquierdas y derechas en ambos bandos. Los viejos socialistas y el comunismo, en su versión soviética, fueron parte de la izquierda imperial, en tanto que la izquierda propia se generó con aquellos sectores que priorizaban lo nacional por sobre lo ideológico. Y si para los liberales existía el ciudadano universal convertido en consumidor, los marxistas veían en el proletario también una figura sin patria.

Se enfrentaban dos visiones: una, en manos de los que procuraban imitar a los Estados Unidos o a la Unión Soviética, y otra, la de quienes se proponían transitar su propio camino tanto en el capitalismo como en el socialismo. De allí, la fuerza de la consigna “ni yanquis ni marxistas, peronistas”.

Quizá sea por eso que cuesta tanto entender desde la mera ideología una batalla cuyos protagonistas no eran de piel negra como en Sudáfrica ni de origen indígena como en Bolivia, sino que integraban un universo marcado por una visión original del mundo, dentro de la cual convivían distintas convicciones políticas. Así se entiende que otras consignas tan definitorias, como “alpargatas sí, libros no”, contuvieran la fuerza de una provocación, aunque expresaran también la pertenencia social de aquellos que, carentes de educación formal, se sentían en condiciones de hacer prevalecer su visión de la vida.

No heredamos tampoco un tronco de identidad que se impusiera sobre el resto: lo hispano fue primero en su llegada, pero los conflictos y las inmigraciones fueron disolviendo la preeminencia de sus rasgos. Estábamos entonces obligados a acompañar el desarrollo de nuestras propias tradiciones. El radicalismo y el peronismo expresan distintas etapas en la formación de la conciencia nacional: en primer término, se debatió el derecho al voto y luego, la consiguiente participación del ciudadano en la riqueza colectiva.

Ahora bien, es en un contexto de imposición cultural donde la izquierda se encuentra con su destino y se vuelve peronista en los 70. El liberalismo hará otro tanto cuando logre su acercamiento en los 90.

Así, Menem, por historia y oportunismo, se encuentra con la derecha sólo al tiempo de ocupar su gobierno, sin una decisión anterior oculta. La coyuntura del mundo y de sus relaciones le marca un rumbo, de consecuencias desastrosas, que él luego elige transitar. Y lo mismo opino de Néstor Kirchner, quien en sus primeros tiempos de gobernante fue probando un camino que, como buen peronista que cabalga la historia, terminó por definir en el andar. Para ambos, el peronismo era tan sólo el espacio desde el cual aprendieron el oficio del poder, pero no el que definió la orientación de sus actos.

De este modo, el poder con sus complicaciones y sus dones es más el dueño de los vientos que empujan las velas que la memoria o las bases de aquel viejo movimiento reivindicador de los marginados y de la voluntad de ser nación, con pueblo y con industria, con teorías propias e inventos desarrollados, capaz de generar un progreso que no copia ni imita en la misma medida en que no quiere depender.

Es el sueño de ser independientes, no con ingenuidad pueril, sino con el trazado de las relaciones de igualdad y respeto; ese nacionalismo que implica, lisa y llanamente, suponer que entre un pueblo y una geografía se engendran rasgos irrepetibles, que no nos vuelven superiores a nadie, pero que tampoco nos obligan a imitar supuestos ejemplos dignos de ser copiados.

Por otro lado, asistimos a la noción central de que la historia transita en el seno de la conciencia colectiva y sólo son militantes los que se disponen a trabajar a su servicio, y presenciamos también el enfrentamiento, con todas las variantes de las minorías lúcidas, de aquellos que por formación o convicción se creen facultados para ejercer el rol de vanguardia iluminada de las masas.

Esta no es más que una apretada síntesis de una mirada sobre aquel pasado, admitiendo que, en su retorno, Perón dio por finalizada la etapa de la confrontación necesaria para que se impusiera la existencia de aquella identidad. En sus palabras y en sus encuentros, definió claramente que todos somos argentinos, o invirtiendo esa misma definición, que peronistas somos todos.

Convendría, entonces, que al asumir sus propuestas, cada corriente de pensamiento superase las denominaciones de “peronismo” y “radicalismo”, dado que ambas raíces están hoy expandidas por todas las ideas vigentes.

Con los términos “radical” y “peronista” definimos exclusivamente la provincia donde nacimos. La coyuntura exige la determinación del lugar donde habitamos, a la vez que se impone la llegada de tiempos en que nos sintamos seducidos por proyectos colectivos.

Nuestro país vive hoy una de sus últimas etapas de confrontación con los recuerdos, con más candidatos que se despiden que sobrevivientes en las boletas de los votantes. Sin duda, lo que hoy enfrenta y divide no lo hará mañana, y eso abre otra etapa en el camino hacia la madurez de nuestra realidad política.

© La Nacion

El autor fue secretario de Cultura de la Nación entre 1989 y 1991, y titular del Comfer

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TP – SOCIOLOGÍA ARGENTINA 5º año

Trabajo Práctico de Sociología
(Consignas para su elaboración)

Formales:

  1. Deberán reunirse en grupos que no excedan las cuatro personas e investigar la evolución del pensamiento sociológico argentino, siguiendo las líneas propuestas mas abajo.
  2. El Trabajo debe ser presentado a máquina, impreso en hojas A4 y utilizando una misma tipografía.
  3. Su extensión debe ser no menor de 3 páginas, ni mayor de 10.
  4. Numeración y citas a pie de página. Todo texto (párrafo o frase) que sea citado textualmente deberá aparecer en “cursiva” diferenciándose del trabajo personal del grupo, al tiempo que será acompañado por la referencia correspondiente a pie de página.
  5. La bibliografía se citará utilizando los criterios convencionalmente aceptados.

Contenido:

  1. ¿Cuáles son los ejes de análisis sociológico abordados por Gino Germani? ¿Qué hipótesis intenta demostrar a lo largo de sus estudios?
  2. Identifica en Gino Germani los conceptos propios de la teoría sociológica del “estructural-funcionalismo”. Transcribí fragmentos de su obra en los que puedan apreciarse.  
  3. ¿Cuáles son los argumentos que ofrece a lo largo de su obra Arturo Jauretche para explicar la oposición que generó el movimiento peronista en la clase media? Transcribí fragmentos de su obra en los que puedan apreciarse. ¿Estás de acuerdo con ellos? Justifica tu postura.
  4. ¿Qué miradas sociológicas podes encontrar en el análisis que los medios de prensa sobre la “delincuencia” y la “protesta social”? ¿Qué nociones analizadas en clase aparecen implícita o explícitamente en dichos análisis?
  5. ¿Existen nuevas “dicotomías” en nuestra sociedad que sean herederas de las planteadas por la generación del 37? Explicalas.

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