Archivo mensual: julio 2010

Fernando Savater ” Etica para Amador”

Savater, Fernando. Ética para Amador.  LA LIBERTAD

Bs As. Espasa Calpe/ Ariel. 1994  Pág. 26 a 32 y 54 a 58

“…las termitas-soldado luchan y mueren porque tienen que hacerlo, sin poderlo reme­diar (como la araña que se come a la mosca). Héctor, en cambio, sale a enfrentarse con Aquiles porque quiere. Las termitas-soldado no pueden desertar, ni rebelarse, ni remolo­near para que otras vayan en su lugar: están programadas necesariamente por la natura­leza para cumplir su heroica misión. El caso de Héctor es distinto. Podría decir que está enfermo o que no le da la gana enfrentarse a alguien más fuerte que él. Quizá sus con­ciudadanos le llamasen cobarde y le tuviesen por un caradura o quizá le preguntasen qué otro plan se le ocurre para frenar a Aquiles, pero es indudable que tiene la posibilidad de negarse a ser héroe. Por mucha presión que los demás ejerzan sobre él, siempre po­dría escaparse de lo que se supone que debe hacer: no está programado para ser héroe, ningún hombre lo está. De ahí que tenga mé­rito su gesto y que Homero cuente su histo­ria con épica emoción. A diferencia de las termitas, decimos que Héctor es libre y por eso admiramos su valor.

Y así llegamos a la palabra fundamental de todo este embrollo: libertad. Los animales (y no digamos ya los minerales o las plantas) no tienen más remedio que ser tal como son y hacer lo que están programados natural­mente para hacer. No se les puede reprochar que lo hagan ni aplaudirles por ello porque no saben comportarse de otro modo. Tal dis­posición obligatoria les ahorra sin duda mu­chos quebraderos de cabeza. En cierta medi­da, desde luego, los hombres también esta­mos programados por la naturaleza. Esta­mos hechos para beber agua, no lejía, y a pesar de todas nuestras precauciones debe­mos morir antes o después. Y de modo me­nos imperioso pero parecido, nuestro pro­grama cultural es determinante: nuestro pen­samiento viene condicionado por el lenguaje que le da forma (un lenguaje que se nos im­pone desde fuera y que no hemos inventado para nuestro uso personal) y somos educa­dos en ciertas tradiciones, hábitos, formas de comportamiento, leyendas…; en una pala­bra, que se nos inculcan desde la cunita unas fidelidades y no otras. Todo ello pesa mucho y hace que seamos bastante previsibles.

Por mucha programación biológica o cultu­ral que tengamos, los hombres siempre po­demos optar finalmente por algo que no esté en el programa (al menos, que no esté del todo). Podemos decir «sí» o «no», quiero o no quiero. Por muy achuchados que nos vea­mos por las circunstancias, nunca tenemos un solo camino a seguir sino varios.

Cuando te hablo de libertad es a esto a lo que me refiero. A lo que nos diferencia de las termitas y de las mareas, de todo lo que se mueve de modo necesario e irremediable. Cierto que no podemos hacer cualquier cosa que queramos, pero también cierto que no estamos obligados a querer hacer una sola cosa. Y aquí conviene señalar dos aclaracio­nes respecto a la libertad:

Primera: No somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales pa­dres y en tai país, padecer un cáncer o ser atropellados por un coche, ser guapos o feos, que los aqueos se empeñen en conquistar nuestra ciudad, etc.), sino libres para respon­der a lo que nos pasa de tal o cual modo (obedecer o rebelarnos, ser prudentes o te­merarios, vengativos o resignados, vestirnos a la moda o disfrazarnos de oso de las caver­nas, defender Troya o huir, etc.).

Segunda: Ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo indefectible­mente. No es lo mismo la libertad (que consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia (que sería conseguir siempre lo que uno quiere, aunque pareciese imposi­ble). Por ello, cuanta más capacidad de ac­ción tengamos, mejores resultados podre­mos obtener de nuestra libertad Soy libre de querer subir al monte Everest, pero dado mi lamentable estado físico y mi nula prepa­ración en alpinismo es prácticamente impo­sible que consiguiera mi objetivo. En cambio soy libre de leer o no leer, pero como apren­dí a leer de pequeñito la cosa no me resulta demasiado difícil si decido hacerlo. Hay co­sas que dependen de mi voluntad (y eso es ser libre) pero no todo depende de mi volun­tad (entonces sería omnipotente), porque en el mundo hay otras muchas voluntades y otras muchas necesidades que no controlo a mi gusto. Si no me conozco ni a mí mismo ni al mundo en que vivo, mi libertad se estre­llará una y otra vez contra lo necesario. Pero, cosa importante, no por ello dejaré de ser libre… aunque me escueza.

En la realidad existen muchas fuerzas que limitan nuestra libertad, desde terremotos o enfermedades hasta tiranos. Pero también nuestra libertad es una fuerza en el mundo, nuestra fuerza”

“Todo esto tiene que ver con la cuestión de la libertad, que es el asunto del que se ocupa propiamente la ética, según creo ha­berte dicho ya. Libertad es poder decir «sí» o «no»; lo hago o no lo hago, digan lo que digan mis jefes o los demás; esto me convie­ne y lo quiero, aquello no me conviene y por tanto no lo quiero. Libertad es decidir, pero también, no lo olvides, darte cuenta de que estás decidiendo. Lo más opuesto a dejarse llevar, como podrás comprender. Y para no dejarte llevar no tienes más remedio que in­tentar pensar al menos dos veces lo que vas a hacer; sí, dos veces, lo siento, aunque te duela la cabeza… La primera vez que piensas el motivo de tu acción la respuesta a la pre­gunta «¿por qué hago esto?» es del tipo de las que hemos estudiado últimamente: lo hago porque me lo mandan, porque es cos­tumbre hacerlo, porque me da la gana. Pero si lo piensas por segunda vez, la cosa ya va­ría. Esto lo hago porque me lo mandan, pero… ¿por qué obedezco lo que me man­dan?, ¿por miedo al castigo?, ¿por esperan­za de un premio?, ¿no estoy entonces como esclavizado por quien me manda? Si obedez­co porque quien da las órdenes sabe más que yo, ¿no sería aconsejable que procurara informarme lo suficiente para decidir por mí mismo? ¿Y si me mandan cosas que no me parecen convenientes, como cuando le ordenaron al comandante nazi eliminar a los judíos del campo de concentración? ¿Acaso no puede ser algo «malo» —es decir, no con­veniente para mí— por mucho que me lo manden, o «bueno» y conveniente aunque na­die me lo ordene?

Lo mismo sucede respecto a las costum­bres. Si no pienso lo que hago más que una vez, quizá me baste la respuesta de que ac­túo así «porque es costumbre». Pero ¿por qué diablos tengo que hacer siempre lo que suele hacerse (o lo que suelo hacer)? ¡Ni que fuera esclavo de quienes me rodean, por muy amigos míos que sean, o de lo que hice ayer, antes de ayer y el mes pasado! Si vivo rodea­do de gente que tiene la costumbre de discri­minar a los negros y a mí eso no me parece ni medio bien, ¿por qué tengo que imitarles? Si he cogido la costumbre de pedir dinero prestado y no devolverlo nunca, pero cada vez me da más vergüenza hacerlo, ¿por qué no voy a poder cambiar de conducta y empe­zar desde ahora mismo a ser más legal? ¿Es que acaso una costumbre no puede ser poco conveniente para mi, por muy acostumbra­da que sea? Y cuando me interrogo por se­gunda vez sobre mis caprichos, el resultado es parecido. Muchas veces tengo ganas de hacer cosas que en seguida se vuelven contra mí, de las que me arrepiento luego. En asuntos sin importancia el capricho puede ser aceptable, pero cuando se trata de cosas más serias dejarme llevar por él, sin reflexio­nar si se trata de un capricho conveniente o inconveniente, puede resultar muy poco aconsejable, hasta peligroso: el capricho de cruzar siempre los semáforos en rojo a lo mejor resulta una o dos veces divertido pero ¿llegaré a viejo sí me empeño en hacerlo día tras día?.

En resumidas cuentas: puede haber órde­nes, costumbres y caprichos que sean moti­vos adecuados para obrar, pero en otros ca­sos no tiene por qué ser así. Sería un poco idiota querer llevar la contraria a todas las órdenes y a todas las costumbres, como tam­bién a todos los caprichos, porque a veces resultarán convenientes o agradables. Pero nunca una acción es buena sólo por ser una orden, una costumbre o un capricho. Para saber si algo me resulta de veras convenien­te o no tendré que examinar lo que hago más a fondo, razonando por mí mismo. Na­die puede ser libre en mi lugar, es decir: nadie puede dispensarme de elegir y de bus­car por mí mismo. Cuando se es un niño pequeño, inmaduro, con poco conocimiento de la vida y de la realidad, basta con la obe­diencia, la rutina o el caprichito. Pero es porque todavía se está dependiendo de al­guien, en manos de otro que vela por noso­tros. Luego hay que hacerse adulto, es decir, capaz de inventar en cierto modo la propia vida y no simplemente de vivir la que otros han inventado para uno. Naturalmente, no podemos inventarnos del todo porque no vi­vimos solos y muchas cosas se nos imponen queramos o no (…). Pero entre las órde­nes que se nos dan, entre las costumbres que nos rodean o nos creamos, entre los ca­prichos que nos asaltan, tendremos que aprender a elegir por nosotros mismos. No habrá más remedio, para ser hombres y no borregos (con perdón de los borregos), que pensar dos veces lo que hacemos. Y si me apuras, hasta tres y cuatro veces en ocasiones señaladas.”

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