Archivo mensual: mayo 2010

Hugo Quiroga. El ciudadano y la pregunta por el estado democrático

 

Hugo Quiroga, EL CIUDADANO Y LA PREGUNTA POR EL ESTADO DEMOCRÁTICO

Las deplorables desigualdades sociales que emergen de la realidad de numerosos países de América Latina, algunos de los  cuales —como la Argentina— retomaron el camino democrático en la década del 80, revelan los límites de la mediación institucional a la hora de corregir diferencias e injusticias tan adversas como profundas. Los carentes de vínculos con la sociedad, los que están imposibilitados de acceder a un trabajo o cuyo acceso es sólo precario, los que permanecen social y culturalmente por fuera de la polis y no pueden tener una representación propia, ponen indudablemente en cuestión su condición de ciudadanos. Así, la democracia, como lugar constitutivo de un cuerpo de iguales, es puesta a prueba cotidianamente. En este sentido, la crítica que deseo aquí dirigir reposa, en buena medida, en la molesta constatación del status parcial de ciudadanía que dispone una parte significativa de la población. Nace, entonces, la pregunta del ciudadano por el Estado democrático, esto es, la pregunta sobre la supuesta naturaleza igualitaria del orden democrático. Se pone en duda, para un vasto sector, el pleno establecimiento del principio de igualdad ciudadana. En verdad, ¿qué tipos de ciudadanos han forjado nuestras democracias?, ¿estamos obligados a hablar de ciudadanos reales y de ciudadanos ideales así como hablamos de democracia real y democracia ideal?

Las democracias que conocemos en es tas tierras no son tan igualitarias ni en ellas todos los individuos gozan de ciudadanías plenas, aunque en ese universo asimétrico se respete a rajatabla el procedimiento democrático. Es por eso que Guillermo O’ Donnell nos había de «democracia de baja intensidad» o José Nun de «liberalismo democrático», ambos desde perspectivas diferentes (…)

Me parece conveniente en esta introducción adelantar de manera sumaria algunos aspectos del debate sobre el concepto de democracia. Así, en su estructura ideal, la democracia es considerada como la «creencia común en la igualdad» (P. Rosanvallon) o, de una manera más clásica, como una comunidad de ciudadanos, es decir, como una sociedad de hombres y mujeres libres considerados iguales y con los mismos derechos. Esta es la noción de democracia perfecta, que en los hechos no existe y que probablemente nunca existirá (…) Precisamente, si el sentido de la democracia es la ciudadanía y si, al mismo tiempo, ella evoca una sociedad igualitaria ¿cuál es, por ende, el temple de una experiencia democrática que acepta en su interior a ciudadanos nominales y/o ciudadanos parciales? Para algunos autores esta inaceptable situación coloca a la democracia en.la fronteras de un orden borroso e indefinido. Por eso, en esta discusión, la pregunta recurrente desde Tocqueville en adelante ha estado referida al problema de la igualdad de condiciones sociales de la democracia f…)

Si —como bien afirma Fierre Rosanvallon— el ciudadano representa al hombre igual, los socialmente excluidos de nuestras comunidades no pueden ser más que ciudadanos incompletos o nominales, ya que están situados en una zona fronteriza entre la esfera de la ciudadanía y la esfera de la no ciudadanía. ¿Qué separa, hoy, a un ciudadano del que no lo es o que lo es sólo a medias? La discusión del concepto de ciudadanía está en el centro del debate sobre la cuestión social, es decir, en el medio de la controversia sobre el desempleo de largo plazo, la precarización del trabajo, y las nuevas formas de desigualdades. Entonces, ¿cómo pensar hoy la categoría de ciudadanía en sociedades democráticas manifiestamente desiguales? Si se sospecha de la validez del postulado de igualdad ciudadana, la pregunta es hasta dónde este concepto, completamente asociado, en mi opinión, a la determinación de un sistema de integración social, puede servir como principio ordenador de nuestras comunidades. Desde este punto de vista, el mayor cuestionamiento a este principio procede en la actualidad del proceso de disociación social causado por el desempleo estructural, la pobreza y los privilegios. ¿Es posible separar, por consiguiente, el reino de las necesidades de la esfera de la ciudadanía, y dejar esta noción librada solamente al reino de la libertad?

Con arreglo a las caracterizaciones ya esbozadas me arriesgaría a afirmar que nos enfrentamos, en América Latina, a la paradoja de sociedades democráticas con ciudadanos nominales o con ciudadanos incompletos, es decir, con falsos ciudadanos o con ciudadanos que no pueden ejercer plenamente los atributos correspondientes a esa condición. Sin duda, el análisis de este problema conecta, en una trama conceptual compleja, las categorías de ciudadanía, democracia, igualdad y derecho. La democracia presupone, pues, ciudadanos iguales, y la noción de ciudadanía no se entiende sin un sistema de derechos. Así como la idea de ciudadanía alude a individuos que participan como actores de la vida política y social, la función de la democracia es proporcionar derechos fundamentales para todos. Cuatro conceptos, por cierto, difíciles de separar en el momento de abordar ciertas incertidumbres de las sociedades contemporáneas.     

                                                                     En : Recalde Héctor. Educación Cívica II Bs. As, Aula Taller, 2005. pag 93 y 94

 

 

  1. Subraya las ideas principales y realiza anotaciones marginales que sinteticen en  2 ó 3 palabras el contenido del mismo.
  2. Identifica los principales conceptos y explícalos con tus palabras; por ejemplo: democracia, ciudadanía parcial, excluidos, ciudadano real, ciudadano ideal, causas de desigualdad, etc.
  3. Sintetiza la situación de América Latina
  4. Cómo se relacionan los conceptos de: derechos, ciudadanía, democracia e igualdad.
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Ni explotados, ni maltratados, ni abusados

NI EXPLOTADOS.  NI MALTRATADOS. NI ABUSADOS

Aprovecharse de un niño siempre es fácil. Un niño tiene siempre menos poder que un adulto, y hay adultos a los qué ese desvalimiento, en lugar de llevarlos a proteger, como debería ser, los lleva a abusar. Hay muchos niños y niñas que son golpeados y torturados. Los adultos que viven con ellos descargan sobre ellos su violencia y la ira que sienten contra el mundo, los usan de chivos emisarios.

Hay muchos niños y niñas que son abusados sexualmente. Con el agravante de que muchas veces el violador es una persona muy cercana —su propio padre, un hermano mayor, un tío, un abuelo- y eso hace que se le haga muy difícil al niño hablar y pedir ayuda.

Hay niños a los que se les pone un arma en la mano y se los envía a la guerra, a matar y a morir. También hay muchos niños a los que se manda a robar.

Hay niños que primero son inducidos a consumir droga y luego contratados para venderla. Hay niños y niñas robados, o comprados y vendidos como mercadería. Muchos de ellos serán dedicados a la prostitución, la pornografía o a  alguna otra forma de comercio sexual. Son muchas las situaciones por las que sentir dolor, indignación y vergüenza.

Todos hemos oído hablar de ellas. Muchas las hemos visto con nuestros propios ojos. Y hasta es posible que conozcamos algún caso cercano, que deberíamos denunciar cuanto antes.

La Convención dedica ocho de sus artículos a pronunciarse claramente contra estos delitos. Dé acuerdo con esos artículos, los Estados que la han firmado se comprometen a impedir y castigar toda forma de maltrato, ex­plotación y abuso.

También a evitar que los menores sean reclutados para la guerra.

Y a ayudar al niño maltratado, explotado o abusado a recuperarse física y psicológicamente y a reinsertarse en la sociedad.

Ni el Estado ni la comunidad ni la familia podrán desentenderse de la violencia sobre el niño. Tampoco podrán desentenderse de los niños que cometen delitos. La Convención los obliga a velar por ellos, asegurándoles un juicio justo, un trato siempre humanitario y la pena más leve que las normas vigentes permi­tan. Un niño o una niña que han delinquido tienen derecho a que se respeten sus derechos.

Montes, Graciela. De qué hablamos cuando hablamos de derechos?. 6s As. UNICEF. 2000. pag 29/30

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Reconocimiento Universal de los Derecho Humanos

Alonso y Bachman. Educación Ética.  Bs. As Troquel 1996

 EL RECONOCIMIENTO UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS

El lento y difícil proceso de reconocimiento universal

En 1948, la firma de la Declaración por parte de los Estados no significaba más que estar de acuerdo con su contenido. A partir de allí comenzaron largas y difíciles negociaciones para acordar compromisos jurídicos pre­cisos -las llamadas convenciones o pactos que comple­mentan las declaraciones- cuya firma sí obligara a los es­tados a garantizar en forma efectiva los derechos conte­nidos en la Declaración.

Recién después de 18 años de largos debates, las Naciones Unidas llegaron a un acuerdo sobre el texto de
la convención que debía complementar a la Declaración de 1948- En lugar de un solo texto, los Estados establecieron una separación entre los derechos civiles y políticos por un lado, y los derechos económicos, sociales y culturales por otro.   

En 1966, se aprobaron dos pactos: el Pacto Interna­cional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacio­nal de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Pero es­tos dos recién entraron en vigencia en 1976 (ya que los pactos o convenciones internacionales requieren un nú­mero mínimo de ratificaciones por parte de 35 Estados para entrar en vigor). Hasta diciembre de 1995, el pri­mero ha sido ratificado por 129 y el segundo por 131 del total de 179 estados miembros de la ONU.

La lentitud con la que avanza la ratificación de es­tos pactos está relacionada con las diferencias entre las tradiciones jurídicas, los sistemas políticos y la fe reli­giosa de los países, y también con las diferencias de condiciones económicas y sociales.

 

Nuevas declaraciones y convenciones

En 1948, casi todos los gobiernos declararon que no se sentían legalmente obligados a aplicar la Declaración Universal de Derechos Humanos. En esa época, las úni­cas violaciones a los derechos humanos que se reprimían eran la esclavitud, el genocidio y los abusos muy eviden­tes contra los extranjeros. Numerosos gobiernos rechaza­ron explícitamente las propuestas para hacer obligatorias las disposiciones de los nuevos tratados.

Desde entonces se han logrado progresos conside­rables. La Declaración Universal fue completada con un conjunto de nuevas declaraciones y convenciones que los Estados han ido ratificando. Los más importantes son los seis tratados fundamentales: además de los dos pac­tos de 1966, las convenciones relativas a la discrimina­ción racial y sexual, a la tortura y a los derechos del ni­ño. Por otra parte, los países de Europa, América y Áfri­ca han firmado convenciones regionales que mantienen los principios universales e incorporan otros relaciona­dos con sus problemas particulares.

El desafío de la universalidad de los de­rechos humanos

En la actualidad, la universalidad de los derechos humanos no depende sólo de que todos los Estados del mundo firmen las convenciones que se proponen garan­tizarlos. El desafío consiste en que, en cada país, el estado y la sociedad realicen esfuerzos para que los de­rechos establecidos en la letra de las declaraciones y los pactos se cumplan en la realidad.

La Asamblea General de las Naciones Unidas ha establecido complejos mecanismos para supervisar el cumplimiento de los pactos y tratados a nivel interna­cional- Pero todavía son muchos los Estados que consi­deran que esta supervisión es una intromisión en sus asuntos internos.

Por esta razón, resulta fundamental el compromiso y la presión de los ciudadanos en el interior de cada so­ciedad exigiendo la vigencia efectiva de los derechos. En las últimas décadas son cada vez más numerosas las or­ganizaciones no gubernamentales (ONG) que expresan “la voz de los pueblos” y que se proponen “no dejar sólo en manos de los gobiernos el logro de su aspiración común a un mundo menos injusto, menos arbitrario y menos violento”.

La preocupación internacional por la libertad, la justicia y la paz

La realización de los derechos humanos es una obra que dista mucho de estar concluida. Aunque la mayoría de los países del mundo están de acuerdo con la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, conflictos armados, violaciones sistemáticas de los derechos económicos y sociales, y negación de las li­bertades fundamentales siguen produciéndose en diver­sos lugares del mundo.

Preocupada por esta realidad, la Organización de las Naciones Unidas convocó a la comunidad interna­cional a buscar un acuerdo entre los estados para garan­tizar a todos los seres humanos los derechos fundamen­tales. (Conferencia Internacional de Viena) El documento final aprobado, en junio de 1993, por la Segunda Conferencia Mundial de Derechos Hu­manos es uno de los primeros pasos hacia una cultura universal de los derechos humanos.

A cuarenta y cinco años de la Declaración Univer­sal de los Derechos Humanos, el documento final apro­bado por la Conferencia -que consta de una Declaración y un Programa de Acción-, estableció la necesidad de que las Naciones Unidas realicen acciones concretas pa­ra promover y proteger;

La universalidad de los derechos humanos. La Declaración confirmó que todos los derechos humanos son universales, indivisibles e interdependientes.

        • El respeto de los derechos humanos como te­ma de debate internacional. A partir de esta Declaración, las dudas de la co­munidad internacional sobre el respeto efectivo de esos derechos en cualquier país ya no po­drá considerarse una in­jerencia ilegítima en los asuntos de un Estado.

       Las relaciones entre democracia, desarrollo y derechos humanos. La Conferencia reafirmó la interdependencia en­tre el respeto por los de­rechos humanos, el desa­rrollo económico y social y la participación del in­dividuo en los asuntos públicos.

       • Los derechos de las minorías. Los estados par­ticipantes aceptaron la obligación de velar porque las personas pertenecientes a una minoría puedan ejercer íntegra y efectivamente todos los derechos humanos; y reconocieron la importancia de la promoción y protec­ción de los derechos de las minorías para la estabilidad política y social de los países en los que viven.

        • La situación de las mujeres y de los grupos vulnerables. El documento final dio especial impor­tancia a los derechos de las mujeres y de los grupos vulnerables, incluidos los niños, las poblaciones autóc­tonas, los trabajadores inmigrantes y las personas im­pedidas.

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