Archivo mensual: abril 2009

Guia del estudiante UBA 2004 Rector Jaim Echeverry

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Sociología IV Prof. Ma. Cristina Fumagalli

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Abrir las ventanas. Jaim Echeverry

ANALISIS

Abrir las ventanas

Las pantallas se sitúan en vehículos, supermercados y otros lugares públicos, como una metáfora de la tendencia actual a ignorar la realidad, privilegiando lo que muestran los televisores

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Domingo 9 de marzo de 2003 | Publicado en edición impresa 

Cuando llego a la habitación de un hotel, en cualquier lugar del mundo, me sorprende con reiterada frecuencia el hecho de encontrarla a oscuras. En vez de abrir las cortinas cerradas, mi acompañante enciende las luces y, con un indisimulable aire de satisfacción, deposita en mis manos el control remoto del televisor. Mediante esa ceremonia parece querer introducirme al mundo, incorporarme a la realidad. No pocas veces, al quedarme solo y abrir de par en par esas ventanas clausuradas, me sorprende la sobrecogedora belleza de un paisaje natural o edificado por el hombre.

Esa experiencia es una metáfora de la tendencia actual a ignorar la realidad real, privilegiando la que muestran los televisores. De esa manera, evitamos la posibilidad de dejar vagar nuestra imaginación contemplando las imágenes de la realidad. Hasta los niños están perdiendo la experiencia de mirar las casas cuando viajan en el asiento trasero del automóvil, inventando vidas a quienes las habitan. Ya muchos vehículos incorporan uno o más televisores portátiles en esos asientos, al igual que los taxis, donde no pueden ser apagados por el pasajero, presa cautiva de la publicidad. Quienes forman largas filas en las cajas de los supermercados, ven también amenizada su espera mediante estratégicos televisores. No sólo estamos perdiendo la privacidad en nuestras casas, sino que también se nos obstaculiza la experiencia enriquecedora de sentirnos seres privados en un ámbito público.

Es que vivimos atemorizados por la posibilidad de quedar aislados, de no compartir el mundo común, que parece circunscripto al que reflejan las pantallas. El joven autor estadounidense Jonathan Franzen, en su reciente libro de ensayos Cómo estar solo, señala el peligro de marginación que acecha a quien se niega a participar en los que denomina “rituales de la cultura de masas”, como ver televisión o leer revistas de actualidad. Dice Franzen: “Sin embargo, hay que saber estar solo. Muchas veces apago la televisión porque, paradójicamente, en lugar de incorporarme, me hace sentir solo. En cambio, si leo un buen libro me siento acompañado, cerca de otra gente que siente y ve el mundo de manera parecida a mí”. El hecho de que la literatura esté amenazada por la cultura de masas, lo lleva a plantearse si verdaderamente nuestra vida es, en realidad, nuestra. Sostiene que de lo que se trata es de ser individuos con una identidad y con una historia propia, personal y no producida desde fuera. De allí que, dice, la literatura desempeñe como una función primordial en el conjunto cada vez más restringido de opciones de las que disponemos para construirnos como personas. Nos permite intentar no ser masa, sino individuos poseedores de una historia verdadera, auténtica, decidida por nosotros mismos. Es que mediante la reflexión, el contacto directo con otras realidades humanas y del mundo, es posible resistirse a la manipulación por parte de sistemas basados en el estímulo de la pasividad –que en general sólo se interrumpe para poder consumir– y que adormecen la capacidad de juicio, adocenan el gusto e intentan homogeneizar las ideas. La espontaneidad, la capacidad de comprender a los demás, de profundizar razones mediante el diálogo, pueden terminar por convertirse en lujos aristocráticos en una sociedad burocratizada que avanza hacia un modelo que preserva el diálogo para pocos, reservando para el resto sólo un voraz consumo de entretenimiento. Por eso, deberíamos intentar mirar más a nuestro alrededor, intercambiar ideas con quienes nos rodean. De lo que se trata, en suma, es de abrir las ventanas.

Por Guillermo Jaim Etcheverry

Revista La Nación edición impresa

 

Sociología IV año Prof. Ma. Cristina Fumagalli

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Apuntes de la secundaria. Enrique Pinti

Enrique Pinti

La Argentina según Enrique Pinti

Apuntes de secundaria

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Domingo 29 de agosto de 2004 | Publicado en edición impresa 

Cuando yo cursaba la escuela secundaria, allá por 1954, un profesor de historia dijo en clase: “La historia la hacemos todos y cada uno de nosotros; yo, dando clase, y ustedes, escuchándome; sus madres quizás estén comprando cosas en el mercado, discutiendo precios, buscando ofertas, y al hacer esto tan prosaico también están haciendo historia. La historia es una niña eterna que cada día renace en cada uno de nosotros”. Yo tomaba apuntes distraídamente, con mi mente volando como el pajarito de la canción de Libertad Lamarque en Besos brujos; escribía maquinalmente lo que aquel profesor con impecable sobretodo beige cruzado con martingala atrás decía con esa resignación que los docentes adquieren tras cansarse de hablar de cosas serias a personas en formación que, en la mayoría de los casos, tienen tantas ganas de escuchar esas cosas como de agarrarse los dedos con una puerta.

En efecto, mi imaginación volaba hacia temas entonces mucho más importantes para mí: “¿El domingo voy a ver la de Esther Williams en Technicolor, la de Lolita Torres, o me dejo ganar por la seriedad y me arriesgo con La Strada, de Fellini? Y de pronto, el timbre del recreo, el profesor de sobretodo beige mete los libros en el portafolio, saluda, nadie le contesta y todo se vuelve un alegre caos estudiantil de empujones, historias secretas, hazañas eróticas inventadas y alguna foto porno mostrada al pasar. En el pupitre, el cuaderno de apuntes, y allí, garabateadas con letra desprolija, esas ideas, esa pequeña reflexión dicha casi al pasar, como una débil defensa ante los reiterados bostezos que la simple mención de la palabra “historia” provocaba y provoca entre los adolescentes.

Muchos años más tarde, veinticinco años más tarde, el cuadernito volvió a aparecer. Fue en medio de una de esas búsquedas afiebradas de algo que ya ni recuerdo. La nostalgia, la curiosidad y la sorpresa me llevaron a leer aquellos borrosos trazos. La historia me había pasado por encima en esos veinticinco años: el final del peronismo, revoluciones, golpes, elecciones, esperanzas, desilusiones, Frondizi, Illia, otra vez golpe, retorno de Perón y el Proceso; y en lo internacional: Argelia, Corea, Vietnam, Fidel, el deshielo soviético, Checoslovaquia, tanques soviéticos y americanos, Bahía de Cochinos, el asesinato de Kennedy, el Mayo Francés. La historia había dejado de ser la sucesión de fechas lejanas y conflictos ajenos; ya no era sólo la caída de Constantinopla, el descubrimiento de América y el himno en lo de Doña Mariquita. La historia ahora tenía que ver conmigo, con mis parientes y amigos. Tenía razón el del sobretodo beige con martingala: habíamos hecho –o deshecho, no sé– la historia.

Y también, admitámoslo, la habíamos escrito con nuestros actos cotidianos. Con nuestra frivolidad, con nuestra mala memoria, con nuestros amores y con nuestros odios, con nuestra generosidad y con nuestros prejuicios. ¡Yo había hecho historia! ¡Todos la habíamos hecho! La sensación de que el tiempo se escurre como arena entre los dedos me asaltó por primera vez en mi vida. El cuaderno se perdió luego en alguna mudanza, pero lo que dijo aquel profesor me quedó grabado a fuego. A partir de ahí decidí no hacerme el gil y enfrentar la responsabilidad de no minimizar mis pequeños actos. La historia la hacemos todos, aunque no declaremos guerras ni firmemos la paz ni decretemos nada. Mientras el talentoso e iracundo Michael Moore pone toda la carne al asador (y tiene de sobra) para que el pueblo americano no vote a Bush, el pueblo americano, al votar, quizá piense más en el precio de la gasolina y en los impuestos que en la guerra de Irak y en la política exterior de Washington. El gordo Moore y el gordo Pinti nos agarraremos la cabeza si eso ocurre. Pero, nos guste o no nos guste, la historia se escribe también con letra chiquita y cotidiana. Y también en esa letra se escriben grandes equivocaciones, como decía mi cuadernito de secundaria perdido.

REVISTA LA NACIÓN.

 

Sociología IV Prof. Ma. Cristina Fumagalli

 

 

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