Archivo mensual: febrero 2009

El siglo XIX argentino

fotoghbairesinmigrantes Dice Nicolás Shumway en su conocido ensayo “La invención de la Argentina”: “Durante los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX la idea de nacionalidad fue la predominante en la mente europea. Con el fin del Iluminismo y la llegada del Romanticismo, las ideas de fraternidad universal dieron paso a una emergencia de sentimiento nacionalista en el que cada país afirmaba su peculiaridad étnica, lingüística y mítica. Tradiciones folklóricas, vida campesina, festivales religiosos, historias, héroes nacionales y paisajes locales inundaron todas las artes (…) Se desenterraron mitologías nacionales cuando las había, y en caso contrario, se las inventó, para difundirlas con celo evangélico, siempre con el objetivo de elaborar un sentimiento de pertenencia nacional y destino común: estas mitologías se volvieron las ficciones orientadoras de las naciones…”. La noción de “ficciones orientadoras” a la que apela Shumway en su análisis, resulta interesante a la hora de rastrear los orígenes históricos de nuestra nacionalidad. En rigor, el término fue desarrollado originalmente por Edmund S. Morgan en su obra “Inventing the People”, quien analizando el concepto de “representación” en el sistema federal de los Estados Unidos, encontró “creaciones artificiales” que él considera fueron necesarias para darle a los individuos un sentimiento de nación, de comunidad, de identidad colectiva y destino común. En el caso de los Estados Unidos, Morgan menciona, entre otras facciones orientadoras de su nacionalidad, la del “crisol de razas”, el “destino manifiesto” o el “American way of life”. En la Argentina, muchas fueron las “ficciones orientadoras” que paulatinamente  los hombres del siglo XIX esgrimieron para dar cuenta de nuestra razón de ser. Tal vez las dos grandes discusiones que atizaron los orígenes del Estado-Nación hayan sido, en primer lugar, el debate en torno de la legitimidad de los gobiernos revolucionarios; y en segundo lugar, la disputa por la divisibilidad o no de la soberanía. Y fue la figura del caudillo quien asumió en sus manos la representación de las masas en esta última disputa. Durante las guerras civiles que asolaron a nuestro territorio, el concepto de nación adquiría sentido en la oposición al bando contrario. Para un federal, la Federación constituía una “causa”, la única causa nacional. Y por ende, todo aquello que conspirara contra ella era foráneo y antinacional. El federalismo rosista encarnó un ejemplo acabado de esta visión. Jorge Myers, en su magistral obra “Orden y Virtud”, desentrañó los mecanismos de la propaganda rosista, mostrando hasta qué punto el aparato publicitario del rosismo estaba orientado a formar individuos consagrados a la causa de la federación, y más aún, de la república. La reinterpretación y secularización de festividades originalmente religiosas, y su traducción al lenguaje republicano, resultó de vital importancia para fabricar una consciencia de nación por oposición a la unitaria. Las fiestas de quema de Judas fueron emblemáticas de ello. El unitario era la negación de la nacionalidad: del mismo modo que Judas vendió a Cristo por treinta monedas, el unitario era traidor a la patria por su supuesta simpatía por lo foráneo. El discurso republicano del rosismo es heredero -en buena medida- de Roma y su legado. Desde la reutilización de categorías originalmente latinas, como la de “virtud”, siguiendo por el concepto de “agriarismo”, identificando la soberanía con la localidad, continuando por la reformulación de la figura del “conspirador” (con quien será asociado el unitario), el discurso rosista desempolva nociones viejas en aras de su pedagogía de la exclusión. Su finalidad era crear una conciencia de nación clara, sin opositores. Esta conciencia debía ser esencialmente republicana y debía negar cualquier forma retrógrada que conspirara contra ella. La ficción orientadora de nuestra nacionalidad, a lo largo de todo este período, fue la federal, que en palabras de Quiroga, “era la causa de los pueblos libres”, en oposición al unitarismo, coletazo nostálgico y decadente del Antiguo Régimen. La autonomía de las provincias y su poder descentralizado versus las viejas estructuras coloniales centralizadas, cuyos seguidores fueron denostados y perseguidos.

En su obra “Proyecto y construcción de una nación”, Tulio Halperin Donghi se pregunta por qué después de Caseros se tardó treinta años en institucionalizar al país. El encuentra la explicación en lo que entiende fue una sobre valoración del Estado rosista. Según su punto de vista, el legado de Rosas no había sido lo significativo que se creía, y de hecho, la construcción institucional del Estado, todavía estaba en pañales. El período que se inicia después de Caseros constituye, por ello, un fuerte centro de discusión. Es a partir de allí que comienza a consolidarse en la Argentina un tipo de Estado -heredero en más de un sentido del pensamiento de Alberdi- con una estructura institucional clara. Desde el punto de vista social, se fomentarán las inmigraciones. Económicamente hablando, se iniciará el camino hacia el modelo agroexportador que será emblemático de la generación del ochenta. Mientras que finalmente, en el terreno político, la construcción de un andamiaje institucional será la obsesión que desvele a los hombres del momento.

La ficción orientadora de este nuevo período del país estará materializada en una Argentina que ahora se definirá por inclusión, y no por oposición. La clave será el fomento de la inmigración, que además de ser un factor demográfico y económico de importancia, adquirirá una enorme relevancia social. La inmigración constituyó una refundación cultural del país que trajo múltiples beneficios y no pocos problemas. Tanto para Mitre, como para Sarmiento y Avellaneda, la llegada de contingentes humanos extranjeros tenía una doble finalidad: por un lado contribuir al poblamiento y el usufructo de los territorios nacionales; por el otro, disimular el legado colonial y fomentar en la población virtudes de corte europeo. De manera que para estos hombres la inmigración tenía, además de un valor económico, un valor pedagógico. La construcción de la nacionalidad -en su segunda fase- estaba en marcha.

Por otro lado, la tarea formativa debía ser completada con la organización y sistematización de la educación pública. El Estado debía asumir su rol, y crear una estructura educativa que permitiera generar una incipiente conciencia nacional. Es en este contexto en el que se celebra la famosa polémica entre Alberdi y Sarmiento en torno al carácter de la formación. Para Alberdi se debía adaptar al individuo a la sociedad. Él ponía en duda el valor de la educación como formadora del ciudadano. Según su punto de vista, en relación al cambio social, la educación era un instrumento de menor eficacia, y por ello, debía estar al servicio de las necesidades de la economía, el comercio y la producción de materias primas. Para Sarmiento, en cambio, el individuo constituía un motor del cambio social. La cultura del alfabeto y del libro era esencial en su pensamiento. Sarmiento creía que un pueblo instruido aceptaría los principios liberales. Para ello introdujo la “Historia Argentina” y la “Instrucción Cívica” como materias. Todos los planes y programas debían incluir como principios éticos: la disciplina, la honestidad pública y orden.

En esta obsesión por formar al ciudadano, la historiografía mitrista ofreció un bosquejo de cuáles debían ser los modelos a seguir. No es casual que su elección hayan sido hombres como San Martín y Belgrano. Se trataba de dejar atrás una etapa de discusión en torno a la idea de nacionalidad (como mencionamos líneas arriba) para iniciar un nuevo camino hacia una sociedad basada en principios indiscutibles, una sociedad cimentada en acuerdos y no en oposiciones. En este contexto, las figuras de Belgrano y San Martín aparecían casi como prohombres, una suerte de figuras emblemáticas que aglutinaban voluntades en lugar de distanciarlas.

Tampoco resulta para nada casual que el período finalice, cronológicamente hablando, con la capitalización de Buenos Aires en 1880. Se trataba de la resolución de un postergado debate que se había iniciado en el período de las guerras civiles en torno al problema de la divisibilidad de la soberanía, y que ahora constituía el último escalón de la organización institucional del país. Allanado el camino, y garantizada también la unidad territorial a partir de la Conquista del Desierto llevada a cabo por Roca, el país se encontraba a las puertas de una nueva etapa. El período de institucionalización contribuyó a generar, como se ha dicho, una nueva ficción rectora de sus destinos: la patria por inclusión, en donde los objetivos de “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad” se hacían extensibles a todos aquellos hombres del mundo que quisieran habitar el suelo argentino. Con la llegada de Roca al poder se resuelven, de alguna manera, los tres problemas básicos que plantea Natalio Botana en “El Orden Conservador”. Por un lado, la integridad territorial, por el otro la organización política y finalmente, la consolidación de una identidad nacional. El período se caracterizó por lo que Floria y García Belsunce llaman una “alianza de notables”. Se trató de una coyuntura política de corte elitista, constituida por las aristocracias del interior que supo manejar los hilos del poder hasta el siglo siguiente. La hegemonía gubernamental y el control de la sucesión fueron sus rasgos distintivos. La cristalización del liberalismo en nuestro suelo, su obra más acabada. Roca, su más emblemático representante, adhirió a un liberalismo empírico y pragmático que fue condenado por papas como Pío IX y León XIII. Ello condujo, entre otras cosas, a una laicización del Estado y a la construcción de un sistema autocrático de gobierno centrado únicamente en el presidente de la república, jefe indiscutido del partido político predominante y oficialista. Es aquí donde pueden encontrarse los orígenes de lo que el filósofo argentino Victor Massuh denomina uno de “los males argentinos”: la generación del ochenta ofició la primera gran distorsión del espíritu nacional. La sociedad se volvió indiferente a los valores absolutos y perdió progresivamente el sentido de lo sagrado. A partir de 1880, Argentina perseveró en su tendencia por convertir la política en una religión vernácula y al líder popular en una suerte de “dios folklórico”. En su programa político, la europeización de las costumbres ocupó un lugar preponderante. Se trataba de cristalizar en la sociedad argentina una cultura basada en valores y principios característicos del viejo continente, ya que se los consideraba a la vanguardia. La ficción orientadora de aquellos años fue hacer de Buenos Aires una “París del Plata”, y de la nación un “país moderno”. Torcuato de Alvear, intendente de Buenos Aires por aquellos tiempos, confiscó tierras en el corazón de la capital y dio forma a la más francesa de las avenidas porteñas, avenida de Mayo. Las construcciones del período fueron erigidas emulando los criterios europeos y la aristocracia porteña se paseaba por teatros y plazas luciendo la última moda en París o Bruselas. La sociedad de la inclusión se transformó paulatinamente en una sociedad de la selección, haciendo caso a una suerte de darwinismo social que provocó no pocos problemas. En una época en donde Argentina pasó a ser el segundo destino del mundo en materia de inmigración, el choque era inevitable. Ya Sarmiento había planteado que, a menos que se emprendiera una enérgica acción civilizadora, se haría realidad una gran amenaza: el cosmopolitismo, una sociedad nacional laxa, que aceptaría la existencia de varios idiomas y múltiples tradiciones culturales, donde se rendiría culto a todos los héroes y a todas las patrias. Por eso la generación del ochenta, entre sus medidas, tomará muy en serio el tema educativo. Era necesario, como ya lo habían planteado las presidencias fundacionales, construir sólidamente una identidad. El fervor por establecer bases claras a nuestra nacionalidad surgió para solucionar esa vulnerabilidad argentina: un país aún no plenamente formado cuya sociedad recibía una afluencia inmigratoria creciente y se encontraba en plena transformación. La nacionalidad no era solamente un factor de aglutinación social, sino un instrumento de afirmación de la soberanía, pues las pretensiones externas serían peligrosas solo si encontraban aquí aliento para la formación de “otra” nacionalidad. Desde entonces se inventaron y desarrollaron prácticas, símbolos y contenidos nacionales, y se valorizaron las posibilidades del pasado como aglutinador del presente, para construir, alimentar y conservar la nacionalidad argentina. En esta época se instituyen los actos escolares en honor a la patria. Y era lógico. Estanislao Zeballos, desde la cámara de diputados, en octubre de 1887 afirmaba: “Ya no basta con poblar; la tarea de la hora, la más difícil del siglo, es fundar naciones. La nacionalidad se forma cuando la masa es extraña, pues al mismo tiempo que se busca los brazos para que cumplan las evoluciones económicas, es necesario preparar los elementos políticos y morales que den por resultado la nacionalidad”.

Desde las guerras civiles, pasando por el período de organización nacional y hasta la generación del ochenta, la Argentina buscó su identidad. Creyó encontrarla alternativamente en ficciones que orientaron su rumbo, pero que no resolvieron su fisonomía. Hoy, cuando se aproxima a los doscientos años de su independencia, cabe preguntarse si la identidad del país no está aún en formación. La patria reclama no ya orígenes sino porvenires. ¿Será Argentina una idea o un destino? Tal vez en ese derrotero hacia lo incierto podamos permitirnos acariciar el sueño de ser una nación verdaderamente libre, soberana y justa.

La tarea será larga, el camino duro. Habrá que atizar el fuego para que no se apague.

Lic. Flavio A. Sturla

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El día del Niño y la Guerra del Paraguay

El tan comerciafotogparaguayc1l entre nosotros Día del Niño se conmemora con desfiles y homenajes en Paraguay el 16 de agosto, en recuerdo de los tres mil quinientos niños exterminados en la batalla de Acosta Ñú librada en 1869. Los chicos masacrados llevaban las caras pintadas con barbas y bigotes, las cabezas cubiertas con quepis militares y sus manos con palos y maderas simulando fusiles.

Por Jaime Galeano y Hugo Montero


Muchos años han pasado desde el final de la guerra del Paraguay; el genocidio organizado por los británicos y ejecutado por argentinos, brasileños y uruguayos, que tuvo en una batalla su síntesis más sangrienta.
El viento que cruzaba entonces el Cerro Gloria jugaba con el pelo de los niños, sucio de sangre y de tierra, cuerpos esparcidos por la pradera, desgarrados por el fuego de las balas y las cargas de soldados profesionales y mercenarios bien entrenados bajo la bandera de la Alianza. Los derrotados en la batalla de Acosta Ñú ese 16 de agosto de 1869 eran chicos, pibes paraguayos de entre nueve y quince años de edad, y sobre ellos el viento del cerro pasaba rasante, silencioso. A lo lejos, soldados brasileños comenzaban a cumplir las últimas órdenes del Conde D’Eu y azuzaban el fuego entre las matas para no dejar rastros de la masacre, para evitar cargar con los heridos, para apagar definitivamente la luz de un genocidio inédito en la historia de América del Sur. Y ese fuego escondió la sangre para siempre.
La batalla de Acosta Ñú, donde fueron asesinados cerca de tres mil quinientos niños paraguayos, no sólo representó el símbolo máximo de un genocidio que devastó a un florecien
te país sudamericano, sino que continúa siendo hoy uno de los hechos más vergonzosos en la historia de los países responsables y cómplices de la guerra de la Triple Alianza, Argentina entre ellos. Una historia que suele omitirse en los manuales escolares que leen los niños de esos mismos países. “Si queremos salvar nuestras libertades y nuestro porvenir tenemos el deber de ayudar a salvar al Paraguay, obligando a sus mandatarios a entrar en la senda de la civilización”, exhortaba Domingo Sarmiento, meses antes del comienzo de la guerra. La conclusión de esa entrada en la senda de la civilización que representaban entonces civilizados países como Argentina, Brasil y Uruguay, significó para el Paraguay el aniquilamiento del noventa y nueve por ciento de su población masculina mayor a los quince años y del setenta y seis por ciento del total de sus habitantes durante la etapa 1865-70. La guerra redujo la población del Paraguay de un millón trescientos mil habitantes a doscientos mil y a un ejército de cien mil hombres a apenas cuatrocientos soldados sobrevivientes. También representó, claro, la pérdida de ciento sesenta mil kilómetros cuadrados de su territorio a manos de los vencedores, la aceptación del tratado de libre navegación en sus ríos (principal motivo de la guerra), el pago de mil quinientos millones de pesos en concepto de indemnizaciones, la privatización de sus tierras, fábricas y servicios a precios de remate y el comienzo de un endeudamiento crónico producto de un préstamo otorgado por la misma banca que costeó los gastos de guerra de Brasil: la británica Baring Brothers. Esta compañía fue, en realidad, la única ganadora del conflicto: el préstamo de tres mil libras esterlinas a un Paraguay en ruinas se transformó tres década después en una deuda de siete millones y medio de libras, por ejemplo.
“¿Cuánto tiempo, cuántos hombres, cuántas vidas, cuántos elementos y recursos necesi
taremos para terminar esta guerra, para convertir en humo y polvo a toda la población paraguaya, para matar hasta el feto en el vientre de cada mujer?”, se preguntaba el Marqués de Caxias, mariscal del ejército brasileño, en una carta dirigida al emperador Pedro II, antes de resignar su cargo a manos del asesino Conde D’Eu. Pero para zanjar la crisis interna de Pedro II en Brasil y también del presidente argentino Bartolomé Mitre, la guerra debía prolongarse hasta el final, y el final era la masacre.

Por eso la mañana del 16 de agosto el mariscal Francisco Solano López ordenó organizar una resistencia en Acosta Ñú para permitir su retirada hacia Cerro Corá, cuando las derrotas paraguayas se sucedían una tras otra. El general Bernardino Caballero fue el encargado de armar y vestir a un batallón de tres mil quinientos niños y apostarlos, junto con quinientos veteranos, en el paraje de Ñú Guassú, frente a un ejército brasileño de veinte mil hombres, alineados con mercenarios provenientes del Uruguay. Pese a las cargas reiteradas de los brasileños desde los cuatro flancos y a la debilidad lógica de la heroica resistencia paraguaya, la batalla de Acosta Ñú demoró toda una tarde en resolverse. Allí fue cuando las madres de los niños comenzaron a bajar del monte para sumarse a la batalla con las armas de sus hijos caídos. Con los últimos vestigios de sol, el Conde D’Eu no titubeó al ordenar el incendio de la pradera, con heridos y prisioneros incluidos, antes de continuar la marcha.

Con la muerte de Solano López en Cerro Corá, la guerra había terminado y la batalla de Acosta Ñú pasó a formar parte de la historia olvidada del continente. Sin embargo, el vergonzoso papel de los gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay en defensa de los intereses comerciales británicos tardaría mucho en apagarse. Al igual que el fuego que consumía de a poco los restos de la masacre en el Cerro Gloria.

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